¿Literatura?

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“Me contaron que bajo el asfalto 

existe un mundo distinto 

con gente que nunca vio el sol 

y no conoce los ruidos”. 

Sandra Mihanovich.

Canción berreta escuchada en la puerta de un café literario entonada por un participante.

Hoy asistí, contra mi voluntad, a un taller literario. No entrecomillé las últimas dos palabras de las frase anterior porque sé que abuso de ese recurso ortográficamente horrendo pero, tendré que decir, jamás hubiera sido mejor aplicado que en este caso. No tengo experiencia suficiente como para afirmar que todos los talleres de esta naturaleza son una bazofia pero supongo que se acercan. Quizás esté equivocado y, si es así, ¡enhorabuena!

Una hora junto a la veintena de poetas anónimos me bastó para ponerme a pensar en que existen ciertos individuos capaces de mantener una conversación, escribir, y hacer alguna que otra cosa más utilizando solamente clisés…y de los más berretas.

El individuo en cuestión considera que sustantivos tales como “magia”, “espíritu”, “alma”, “amor”, “corazón”, “fuego”, “lluvia” o “sol”, por indicar algunos pocos, son estrictamente necesarios en el vocabulario de un escritor y, como se consideran tales, los emplean a placer – a placer de ellos, claramente-. Si hiciera una lista de adjetivos la cosa se pondría peor y ni qué hablar si me pusiera a enumerar adverbios, se pondría feo, feo. No voy a poner a mis pocos lectores en el brete tremendo de aguantar una caterva de voces que chorrean grasa y empachan de manera tremebunda, pero si voy a apuntarle los cañones al fenómeno de los talleres literarios compuestos por iletrados.

Duro es, sin duda alguna, acusar derechito a las masas de poetas amateur de iletrados pero, dura lex sed lex. Es más, estos versificadores – si acaso usan el verso- iletrados no son sino un producto lógico de la descomposición de la sociedad argentina en general y de la barbarización en particular.

Legiones de señoras entradas en años, codo a codo con hombres de panzas y zapatillas de nobuck blanco ocupan sus sillas en los cafés (que no son cafés) literarios (que no son literarios) en la búsqueda de un pequeño público (ellos mismos) que les aplauda sus obras que, en mayoría, fueron confeccionadas (porque no les aplicaría otro mote) específicamente para la tenida.

-¿Cual es el tema de hoy? Preguntará sin duda en un taller literario X, en un lugar indeterminado Y, una señora que supo ser maestra de grado.

-El dolor. Como todos los segundos martes de cada mes Irma. Responderá firme algún varón enfundado en, seguramente, una camisa de poliester a cuadritos.

-¡Qué bueno!

-¡Si! siempre hay que hablar del dolor. Todos amamos y a todos nos duele algo. Es hermoso.

-Tenés razón Carlitos. Tenés razón. Aclarará otra doña de zapatillas con apliques dorados y plateados y el logo de una marca importante.

Pasarán entonces a leer y a leerse, mutuamente, sus poemas sin métrica (pues es mejor, más fácil y más moderno según lo que escucharon por ahí) que versan sobre un amante juvenil, la muerte de un perro querido de nombre  Sultán o Quique, los desaparecidos del último gobierno cívico-militar, la triste vida de un triste señor que en realidad “era feliz, aunque nadie lo supiera” o cualquier otra fruslería que venga a cuento.

Aplausos, cafés de filtro, bizcochitos de grasa, alguien que recuerda a un antiguo miembro de la logia ya muerto o haciendo los trámites y concluirá la velada que así como se inició, termina en silencios rotos por risas que se parecen más a las de un coqueteo cincuentoso que a cualquier otra cosa.

No hay que olvidar que, durante la práctica del taller se oirán comentarios en voz alta acompañados por un movimiento de cabeza del comentador, como buscando la aprobación general, del tipo de “(…) leyendo un libro de Borges” o “¡Si, si!, Alfonsina Storni, que hermoso”, sucedidos de “!me encantan sus novelas!” y “¡qué vida!, ¡gran mujer!”.

No hay San Agustín y no hay Lewis, no hay referencias evangélicas. Nadie se acuerda, en la lectura sobre “el dolor y el amor”, de Kierkegaard. Tampoco de Sarte, ¡qué va!, ni de su amigo Camus. Pero, posiblemente, y con la voz firme y tensa alguien, seguramente una mujer de unos treinta y picos, dirá que hay esperanzas pues no olvidemos que

– En chino crisis también significa oportunidad ¡viste!

Afirmación generalizada y aplauso cómplice.

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Columna de Nubes

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“Dominus autem praecedebat eos ad ostendendam viam per diem in columna nubis, et per noctem in columna ignis: ut dux esset itineris utroque tempore”.

“El Señor los precedía para mostrarles el camino; de día en una columna de nubes, y por la noche en una columna de fuego: para conducirlos en el viaje en uno u otro momento”.

“And the Lord went before them by day in a pillar of a cloud, to lead them the way; and by night in a pillar of fire, to give them light: to go by day and night”.

Éxodo 13-21

En este Viernes Santo se me ocurrió traducir, y poner aquí, el famosísimo “Lead Kindly Light” del Cardenal John Newman. El título original del himno, del poema, es “The pillar of cloud” La columna de nube, o de nubes.

El Cardenal, aún un clérigo anglicano, tomó, sin duda, el título del pasaje del Éxodo que traduzco más arriba y, se inspiró, quizás, ¡quién sabe!, en esas cuatro palabras (to give them light) que trae la Biblia del Rey Jaime que no tienen equivalente en la Vulgata de San Jerónimo: (…) “para darles luz”.

Aprovecho entonces para saludarlo, querido lector, y recordarles que el domingo se acuerden ustedes de que “(…) Resucitó como lo dijo”.

Resurrexit sicut dixit, Alleluia!

Feliz Pascua de Resurrección.

The Pillar of Cloud (Lead Kindly Light)

John H. Newman (1833)

Lead, kindly Light, amid th’encircling gloom, lead Thou me on!
The night is dark, and I am far from home; lead Thou me on!
Keep Thou my feet; I do not ask to see
The distant scene; one step enough for me.

I was not ever thus, nor prayed that Thou shouldst lead me on;
I loved to choose and see my path; but now lead Thou me on!
I loved the garish day, and, spite of fears,
Pride ruled my will. Remember not past years!

So long Thy power hath blest me, sure it still will lead me on.
O’er moor and fen, o’er crag and torrent, till the night is gone,
And with the morn those angel faces smile, which I
Have loved long since, and lost awhile!

—–

Columna de Nubes (Guíame Amable Luz)

Guíame amable Luz, entre las tinieblas que me rodean, ¡Guíame!
La noche es oscura, y estoy lejos de casa, ¡guíame!
Cuida mis pasos; no pido ver
La escena distante; un paso es suficiente para mí.

No fui siempre así, ni pedí que me guiaras;
Amaba elegir y ver mi camino; pero ahora ¡guíame!
Amaba el día brillante, y, a pesar de los miedos,
El orgullo regía mi voluntad. ¡No recuerdes los años pasados!

Tu poder me bendijo tanto tiempo, ciertamente seguirá guiándome.
Entre páramos y pantanos, entre precipicios y correntadas, hasta que se vaya la noche,
Y con el alba sonreirán los rostros de los ángeles, los que yo
Amé hace mucho tiempo, ¡y perdí hace ya tanto!

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Gente que busca ¿gente?

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On a desolate, rock-bound shore, famished, homeless, and fainting lay a solitary man”.

“Sobre una desolada roca junto a la costa, hambriento, sin hogar y desfalleciente, yacía un hombre solitario”.

The Voice of Pity for South America. 1854.

“Et quicumque non receperint vos: exeuntes de civitate illa, etiam pulverem pedum vestrorum excutite in testimonium supra illos”.

“Quienquiera  no los recibiera: salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies  en testimonio contra ellos”

San Lucas  9, 5.

Se me ocurrió otra novela.

Un tipo, con cierto delirio místico más bien protestante compra una embarcación, digamos, una goleta (suena bien la idea de una goleta) que bautiza con el nombre de otro loco recientemente fallecido en trágicas circunstancias y emprende un viaje casi fantástico en la búsqueda de salvajes sumidos en el más terrible paganismo para evangelizarlos. El destino es lejano y los peligros náuticos variados, pero el intrépido evangelizador no teme.

Sin miedo a nada decide no solo hacerse de una tripulación para su goleta, sino que embarca a su familia: mujer e hijos. Los brutales pobladores de esas lejanas tierras verán una familia civilizada y no solo a un hombre. La familia se queja, naturalmente, pero aceptan seguir al padre y a poco de terminar los preparativos hacen puerto en el punto intermedio entre el civilizado hogar y el barbárico destino final. La tarea comienza y se inician los contactos con los primeros salvajes avistados con un objetivo primario: encontrar, entre los extraños y húmedos bosques a uno de ellos que, tiempo atrás, había sido llevado, en otra expedición, a la patria del intrépido delirante para ser educado. Su localización es de vital importancia en la tarea formadora y su encuentro se entiende como un mensaje de las Alturas. Viento en popa.

Establecida la pequeñísima colonia y desembarcada la tripulación, el protagonista de esta historia dejará la isla elegida como base de operaciones en misión exploratoria no sin llevarse consigo a sus vástagos y mujer que, por esta decisión, salvarán la vida. La isla amanece, dos o tres meses después, vacía y silenciosa. Las casuchas abandonadas, las huertas pisoteadas, los pastos crecidos. El espectáculo es terrible y el viento silbante augura a los retornados exploradores lo peor:  los salvajes, vueltos contra sus benefactores civilizados, no dejaron a nadie con vida y robaron las pocas pertenencias de los colonizadores. Solo el cocinero, en una demostración fabulosa de suerte, salvó la vida, escondiéndose algunos días en los bosques y otros en las inmediaciones del poblado recientemente levantado. Las noches finales, oculto en la embarcación de apoyo que aún permanecía en el pauperrísimo puerto, esperó lo peor: el ataque final de los salvajes y su muerte en manos de quienes debían ser civilizados y el benefactor no fue sino un traidor terrible que, vuelto a sus ropas harapientas y a sus costumbres villanas, comandó la matanza.

Las velas de la goleta, lejanas primero, inminentes después, hacen volver el alma al cuerpo del desdichado cocinero, aunque las ganas de evangelizar a los brutos jamás volverían. La expedición, fracasada, termina en un escape, en una vuelta, en una derrota; y el párrafo final de la novela que se me ocurrió describe, patéticamente, la confusión de la embarcación entre la bruma del helado mar.

Mejor no la escribo porque me da fiaca.

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¿Donde?

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“(…) Y si sentís tristeza 
cuando mires para atrás, 
no te olvides que el camino 
es pa’l que viene y pa’l que va (…)”

Alfredo Zitarrosa

Hace un tiempo ya, quizás dos años, comenté, en este mismo blog, un libro de Vintila Horia que recopila una serie de artículos que el escritor y profesor rumano escribió acerca de las ciudades que visitó y, en algunos casos, donde vivió. Buenos Aires fue una de ellas, donde el eminentísimo Horia, con el bagre picando, peleó como pudo para hacerse de unos dineros para la comida, el techo y alguna cosita más.

En el Palermo de los cuarentas, aún de casas bajas, la estética barrial no era tan chic ni tan boutique como lo es en la actualidad. Los árboles, me imagino, eran tantos como ahora, sino más, y las señoras de su casa se paseaban por las veredas a hacer sus compras. Vintila escribió sobre eso con la pluma de descriptor que tanto le envidio.

Un día lo invitaron a dar una conferencia a la que asistió con su mejor traje, que conservaba de épocas más prósperas, cuando fungía como diplomático para su patria, Rumania, y hasta llegó a ser publicitado en los avisos sociales de La Nación diario como un eminente catedrático rumano. Horia, con sus chauchas, palitos y cerebro a cuestas, se presentó y dictó la ponencia como siempre, como en sus mejores años, como correspondía. De vuelta en Palermo, llevado por un colectivo oloroso, volvió a sus pocos libros y a su paciente esposa que, me imagino, compraría también el pan y las frutas en los mercados (o en el mismo mercado de Palermo) pequeños que hoy brillan por su ausencia y por la presencia de su primo lejano, el supermercadito chino bajo la sombra de los supermercados de verdad, monstruos.

Horia, que no era palermitano, ni porteño, ni argentino, finalmente volvió a su patria, donde continuó trabajando y escribiendo. España, que fue algo así como una segunda patria, adoptiva, también lo recibió como era menester. Su paso por la Argentina, de color ocre, es recordable porque vintila lo era, y porque Buenos Aires, con su olor a todo y su falta de esperanzas, tapa, en la vorágine urbana, tantísimas cosas. Muchas de ellas, color ocre, como dije, afloran, emergen, en otros lados, en otras localidades y geoposiciones que tienen lo suyo, sin duda alguna, pero no tiene ese nosequé de la ciudad con el nombre más aromático y el aroma más basuriento.

Después del posteo último, que suscitó una gran cantidad -alegremente- de comentarios, esta pequeña entrada, que no dice nada, tenía que venirse. O no, o no tenía, porque, después de todo, para que venga yo debería estar donde para el tren.

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¿Escritores argentinos?

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“No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida (…)”

Oliverio Girondo. No Se Me Importa Un Pito

“La literatura de la Argentina es la mejor del mundo hispánico”

Carlos Fuentes

No hablo casi nunca de escritores argentinos aquí. Borges, que se llevó varios posteos directamente y otros tantos de forma indirecta, fue uno de los argentinos menos argentinos que esta tierra vio nacer. El Padre Leonardo Castellani, que también se llevó entradas y comentarios, es quizás la excepción a la regla que acabo de enunciar. Argentino como nadie era el cura tuerto, nacido en un pueblo santafesino, hijo de un italiano inmigrante bastante progre, hispanista hasta el tuétano, hombre del interior, campero, vecino, exiliado y retornado en Buenos Aires; un porteño de ley, como Scalabrini Ortiz que era correntino.

La verdad de verdades, de cualquier manera, es que aquí me he dedicado mayormente a la literatura anglosajona en general e inglesa en particular. Ya dije, aclaro, que la causa más probable de todo esto sea, además de mis gustos, intereses y sapiencia particular, la ignorancia notoria que manifiesto acerca de la literatura argentina. No sé ni papa, digamos.

¿Por qué, entonces, lo ignoro todo, o casi todo al respecto? Creo que la causa radica, además de los argumentos de más arriba, en que las letras argentinas fueron siempre poco argentinas y eso, paradójicamente, es muy, pero muy argentino. Toda esa tradición romántica en su versión francesa que campeó en estas tierras a comienzos del siglo XIX – la famosa, ignorada y aburridísima Generación del 37 – era de corte extranjero. Mucha pampa, mucha “tieya”, mucho caballo, mas vistos desde un lugar raro, desde un sitio extraño, bajo la sombra de una galera. Después esa cosa rara que no termino de entender, esa literatura a la que no encuentro lógica, la gauchesca – discúlpenme, me enseñaron en las aulas de la universidad que esa cosa que llamamos gaucho no existía- para pasar al siglo XX, a Lugones – que intuyo inventor del Martín Fierro, allá lejos y hace tiempo en un teatro-, a Arlt que me gustó siempre, a Girondo que si no fuera tan berreta (él) tildaría de pornográfico, a Marechal (el medio poeta del que hablaba Castellani con poca justicia), y a esos otros que “había que leer”, los sábatos, los cortázares (nacidos en Bélgica, muertos en Francia), y algunos pocos más. Adolfito Bioy, que me aburrió aún antes de leerlo, Jacobo Fijman, que me aburrió después de leerlo y alguno otro completarían la lista de “mi literatura argentina” hasta que llegaron otros y la cosa complicóse.

Se complicó, como decía, porque Matando Enanos a Garrotazos de Laiseca, Los Pichiciegos de Fogwill o Flores Robadas en los Jardines de Quilmes de Asís me parecieron más sustanciosos, más literatura, más argentinos, que muchos de los nombrados más arriba. Más Denevi si vale. El balneario de los crotos de Laiseca me pareció coherente y no así la trama seudonihilista de El Túnel. Me gustó mucho más Diario de la Argentina, también de Asís, que la Invención de Morel, que podría haber sido escrita por un guionista apremiado por abultar la billetera. Repito; de literatura argentina no entiendo ni papa.

En la lectura de otros autores argentinos, o mejor dicho, en la búsqueda de otros escritores argentinos apareció un tal Guillermo Martínez, un señor que además de tener nombre de contador público es Doctor en Matemática, ateo, progre, posmo y tiene cara de gringo. Lo primero que leí, y que leyó, posiblemente, todo aquel que haya pasado por sus páginas, fue ese librito que Alex de la Iglesia destrozó al filmar “Los Crímenes de Oxford”, Crímenes Imperceptibles. Agradable, ligero, e niente piú. Pero no se quedó todo ahí, este hombre se despachó con otros libros, argentinos, interesantes, propios, mejores, ¡bah!, como Acerca de Roderer (que transcurre mayormente en un barrio de Bahía Blanca), La Muerte Lenta de Luciana B, la Mujer del Maestro y Yo También Tuve una Novia Bisexual, de nomenclatura más berreta que impactante, más estomacal que genital, más trucha que otra cosa.

El Dr. Martínez escribe literatura argentina (si acaso existe, que creo que no, aunque las librerías insistan en su existencia) y escribe muy bien. Sus libros, si son leídos en el transporte público -pienso en el ferrocarril – harán que el viaje se acorte, el destino se acerque y que la idea de que acá hay que abandonar la lengua propia, como hizo Ciorán, se borroneé bastante.

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De balde

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A dagger of the mind, a false creation,

Proceeding from the heat-oppressed brain?

William Shakespeare. Macbeth. Acto II, escena I

Imaginé, peregrina y livianamente, que podría escribirse una novela basada en Macbeth cambiando al usurpador por un profesor joven y al Rey Duncan por un venerable, sapientísimo y bonachón titular de cátedra caído en desgracia. La idea no era matar a Duncan a cuchilladas sino mostrarlo, en decadencia forzada, alejado de sus tareas.

Por otra parte, una malvada Señora de Macbeth – que tendría que llevar un apellido menos sugestivo – tendría que encargarse de detonar la tragedia académica del anciano profesor para, posteriormente, entronizar a su marido en las más altas esferas de la institución que enmarcaría todo el conflicto. Imposible.

No tendría que haber, naturalmente, ni una, ni dos, ni tres brujas sino algunos empleados administrativos, muy alcahuetes, que llevaran al desdichado Profesor Macbeth a la traición, la conjura y hasta al crimen, haciendo caer a su leal amigo y compañero de cátedra, hombre justo, destinado a ser maestro de futuros decanos. Imposible.

Imagínese, querido lector, que la narración tendría que contar con escenas de reuniones en salas de profesores, borracheras, dedos señaladores, ropas viejas recauchutadas, zapatos marrones y quién sabe qué cosas más hasta llegar a una sesuda descripción de la partida de los buenos, dejando la ilustre institución en manos del temible Macbeth, condenados a enlistarse en las filas de un instituto similar, vecino, para sobrevivir y, llegado el momento, intentar reconquistar lo perdido en gran combate intelectual. Imposible.

Se complicaría aún más la cosa al promediar la novela pues, después de destruir en pedazos al Banquo shakesperiano, habría que hacer algo similar con Macduff y su familia. ¡Imagínese querido lector! Un capítulo completo dedicado a explicar cómo los adjuntos del decano usurpador retiran las becas de los hijos del pobre Macduff y exoneran a su señora esposa sin derecho a indemnización. Imposible.

La novela terminaría, en singular disputa intelectual, con un Macduff triunfante – y con el apellido también cambiado – por sobre el traicionero decano que sería vencido gracias a que el profesor vindicador cuenta con la particularidad de ser ambidextro, zurdo, colorado, daltónico o alguna otra característica física que llevaría al desenlace final. Imposible.

No escribí, ni escribiré tamaña bazofia porque le tengo respeto a Shakespeare, porque la idea pasó, y como pasó feneció, y porque eso de adaptar – más veces mal que bien – textos célebres es propio de un guionista de cine. Además sería dolinizar. ¡Imposible!

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Etiquetas

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“Ando llorando pa´dentro / aunque me ría  pa´fuera /

así tengo yo que vivir esperando a que me muera”

Doña Ubenza. Nestor Echenique

Evelyn Waugh escribió muchos libros. Recordados, tendré que decir, son algunos pues, como era natural en los escritores profesionales de la primera mitad de siglo XX, había que escribir mucho para publicar mucho y así, con la ayuda de Dios o de algún publicista, vender mucho y así comer todos los días. Belloc también escribía y escribía, en la búsqueda de parar la olla…pero el tema aquí es con Waugh.

Cuando aún joven, tomó un crucero por el mediterráneo visitando varias ciudades que, oportunamente, describió -como era esperable- en “Etiquetas”. Los libros de viajes eran bastante populares en esos días y en esos lares y, naturalmente, el joven Waugh se despachó con uno.  Francia, Italia, Egipto, Tierra Santa, Grecia fueron los destinos visitados y relatados en ese libro pasado ya de moda en lo que a interés turístico respecta, pero la mordacidad y la inteligencia del gordito que nos ocupa mantienen intacto valor.

No se crea que Etiquetas es una especie de Guía Michelin o Lonely Planet, ¡no!, está plagado de análisis jodidos, de descripciones de los viajeros, de crítica social, de denuncia de pequeñeces de gentes pequeñas, etc. Waugh, en su momento, en su viaje y desde su país, hizo lo que acá, creo, nadie aún: hablar más de los viajeros que de los lugares visitados.

Alguien, aquí, en nuestro país, tendría que tomarse el trabajo (y ese alguien tendría que ser al menos un cuarto de lo inteligente, al menos la mitad de lo ácido y por lo menos una pizca de lo mordaz de Waugh, sin olvidar la amplitud de miras, claro está) de, viaje de por medio, describir a esos extraños mochileros urbanos que, en singular viaje iniciático posmo, se congregan, los más selectos, en la estación del tren que, previa cola de larguísima duración, los depositará en Tucumán. Allí comenzarán su periplo por “el norte”, difuso lugar que comienza en un vagón y termina, en reglas generales, en Yavi, junto a la Quiaca, sede del fenecido Marquesado del Valle de Tojo.

Los viajantes a describir recorrerán campings y más campings, alojamientos temporarios en viviendas familiares atestadas de jóvenes que, munidos de sus morrales, charangos adquiridos en Humahuaca y, quién dice, diábolos (esos cosos que se revolean al aire impulsados por dos palitos atados con un cordel), harán las delicias de…otros jóvenes iguales, pero de diferente sexo.

El descriptor, en el trabajo de Waugh, tendrá que vérselas con humitas, tamales, empanadas de charqui, salchipapas (papas fritas mezcladas con salchichas cortadas), canciones de La Renga, dos o tres huaynos, una chacarera, media zamba y covers de Ricardo Vilca hechos por Divididos, sin obviar que tendrá que conocer el francés y así entender a Manu Chao y saberlo todo en lo que al mundo de los géneros respecta, para poder describir con precisión los sweaters de llama, los pantalones ballis, la bambula de las camisas de las jóvenes y, por qué no, la goma de las ojotas de hechura brasilera de las mayorías que, por las tardes, se congregan en las plazas de Purmamarca, Tilcara, Humahuaca (junto al enorme indio de cemento), Iruya (que no tiene plaza), San Antonio, La Quiaca y Yavi.

Por las noches, ajetreadísimas, tendrá que recorrer salones comunes de hostels, restaurantes caros que emulan Cariló (para ver a esos “otros turistas”), ferias llenas de vendedores de chucherías andinas nacidos en Buenos Aires y chicas con ropas extrañas y pelos mal lavados (o sin lavar). No olvidará, espero, el futuro viajero analista, que las vacaciones – las suyas y las de sus descriptos- se terminan más temprano que tarde; que la urbe espera, impasible, donde se la dejó y que antes de recorrer “el norte”, el norte existía, y con él sus habitantes que la pelean como pueden, y  que en casa el mundo sigue igual y que la tentación de anotarse en la carrera de sociología y dedicarse a pensar en la otredad es más propio de los descriptos que del descriptor.

Seguramente quién escriba un “Etiquetas” argentino será suficientemente inteligente, viejo, pasado de tiempo, como para no caer en esa funestísima tentación de transformarse en un tololo. Evelyn Waugh, que tonteó muy mucho en sus años mozos, hizo el viaje cuando tenía que hacerlo, no antes. ¿Quién sabe? quizás, fuera de tiempo, hubiera tornado en un Dan Brown cualquiera. La Providencia es sabia.

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