Libros malos

Unmasked

“Professional reviewers read so many bad books in the course of duty that they get an unhealthy craving for arresting phrases”

Evelyn Waugh

Los libros malos son un negocio muy lucrativo. Creería yo que, al menos en ciertos casos, es aún más lucrativo que los buenos. Cuando hablo de “libros buenos” no me refiero, claramente, a esos textos “fundamentales”, de “buena línea” o lo que fuera. Hablo de libros buenos porque producen una experiencia placentera y punto. Si tengo que aclararlo lo haré alguna vez (o no).

Verso libre, novelitas eróticas, novelas larguísimas sobre nada, refritos, biografías de ilustres desconocidos – generalmente familiares del biógrafo -, libros de cuentos en los cuales el autor tiende, extrañamente a utilizar palabras como “mierda” o “puta” creyéndose inteligente y otras sandeces se multiplican hasta el ridículo y…producen dinero.

De cualquier manera no  creo que valga la pena dedicar demasiadas líneas a anhelos de señora gorda o de oficinista con aires intelectuales, por lo que apuntaré (porque hoy tengo ganas de apuntarle a alguien) a esos tipos que hacen cosas buenas y también malas. No me refiero, naturalmente, a esos escritores que pueden publicar “Los Papeles de Benjamín Benavides” y “Una Santa Maestrita”, ni al que escribió la vida de Alonso Quijano y una serie de novelas poco ejemplares. No. Me refiero a esos tipos que “tienen que escribir un libro porque son grosos y los intelectuales, dramaturgos, cineastas o lo que fuera “grosos” deben, como si sobre ellos pesara un destino cósmico, a publicar una novela “madura”, “seria” o el adjetivo que elijan los señores que hacen lo mismo que yo en este blog pero por dinero (a quienes envidio profundamente, claro está).

En reglas generales lo que termina sucediendo es siempre lo mismo; el tipo, digamos…un dramaturgo de éxito y calidad, se despacha con una novela sonsa que parece un spin off, de máxima o con un simple refrito, de mínima. Obviamente, como el lenguaje al que está acostumbrado es otro, su novela nacerá chueca, berretonga.

Imaginen que, a ver, digamos…el guionista y director de la serie británica Downton Abbey charlara con un hipotético agente literario. Digamos que es instado por el agente hipotético a escribir una novela, publicarla y llevarla a las mesas de novedades de las librerías porque se vendería como pan caliente y porque, después de todo…¡Es el autor de Downton Abbey!

Digamos que el tipo acepta y que, naturalmente, escribe una novela llena de nobles británicos, de gentries, de lugares con boiserie, y restaurantes con cartas en francés. Digamos también que el tipo leyó “Un puñado de polvo” de Evelyn Waugh y le pareció que si escribía sobre gente sin problemas económicos que comete infidelidades no estaba copiando nada. Digamos, además, que el tipo tiene la maníia de mutar las características del narrador y, también, jugar muy extrañamente con los verbos. Digamos que su novela, una vez terminada, es un cúmulo de lugares comunes, copias de sí mismo – y de otros- que despliega “todo lo que sucederá” en las primeras veinte páginas y que, al no tener otro contenido que haga del “plot” algo secundario, el libro caerá, indefectiblemente, en la categoría de “libros malos”.

Bueno, eso pensé después de terminar (en realidad a la mitad de libro) “Snobs” de Julian Fellowes. Si quieren leerlo léanlo, sino, mejor comprense una Manaos y bébanla, felices (o no) en el furgón de alguna formación del Ferrocarril General San Martín. Da igual.

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4 respuestas a Libros malos

  1. JovenPRO dijo:

    Estimado buena apreciación, aunque lamentablemente en las nuevas formaciones chinas, inauguradas hoy por la Kretina no se puede ni fumar en el FURGÓN!!!
    Saludos y atende el teléfono LPQTRMP!

  2. Whiskerer dijo:

    Sobre los libros buenos y malos según el tipo de lectura que permitan o propongan (y no por su buena o mala línea), viene bien a cuento leer a Lewis, en “La Experiencia de Leer”.

    PD: No es que no se pueda fumar, porque se fuma igual, créame JovenPro. El problema es “lo” que fuman, sumado a tener el furgón las puertas cerradas y contar con aberturas demasiado pequeñas para una adecuada ventilación, lo que hace que los efluvios de la cannabis se esparzan por todo lo largo del vientre del gusano oriental con los efectos consabidos.
    No todas son malas noticias. No sé por qué, pero ahora viajo más feliz y relajado que antes.

  3. Junípero dijo:

    Le quería comentar dos cosas. Y media.
    La una, que no puedo creer que esos libros malos que con tanto detalle critica, sean en verdad buen negocio. Tengo para mí que el buen negocio es escribirlos, no publicarlos. La razón por la cual se publiquen, sigue todavía oculta para mí, mas no la sospecha de porqué se hace esto. Le digo porque he descubierto accidentalmente que existen grandes cantidades de “sobrantes de edición” cuando ya se piensa en una 2ª o 3ª vuelta, lo cual es un disparate. O algo mucho peor, por inconfesable.
    Sé de buena fuente que Malachi Martin -para darle ejemplo de un anglosajón, que hoy en día es el equivalente a los profesores alemanes de las décadas pasadas- vendería más que cualquiera de estos mamarrachos. Pero reeditarlo es una penuria, pues los distribuidores -otra secta que se las trae- no lo toman y le cuelgan la obra el tiempo que ellos quieran. Y son muy pocas las editoriales con distribución propia. Y se dedican a los juliánes Fellows.
    La otra, que con todos los reparos que mi educación católica y nacionalista pudiera oponer, conocer a Borges fue encontrarme con un hombre simpatiquísimo, culto y muy bien educado, para nada petulante y poseedor natural de una agradable y divertida conversación. Por desgracia, por esos días -íbamos promediando los desconcertantes años ’70- ya había perdido la vista casi por completo y ganado la compañía -esa sí, a tiempo completo- de una subespecie de arácnido japonés que cortaba en seco cualquier intento de “Georgie” de departir sonceras con unos jóvenes que se acercaban a saludarlo, domingo tras domingo, a su mesa de la parrilla donde iba con cierta frecuencia. También iban don Mario A., ex-canciller de una revolución fracasada, y don B. L., reciente viudo doliente y delicado poeta, que se quedaban mirando -con un indescriptible gracejo- como los caraduras éstos, que podían ser sus sobrinos, se divertían con el famoso escritor, después de saludarlos a ellos.
    Creo poder asegurar que, al menos yo, que ya conocía el “informe de Brodie” y un notable soneto sobre la ceguera, ninguno de nosotros había leído por entonces -maniqueísmo setentista por delante- más de un par de páginas de Borges, algo que al interesado le importaba un bledo.
    Muchas veces he pensado ¡si lo hubiésemos encontrado solo…!
    Pero esa, es otra historia.
    J.

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