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“Ando llorando pa´dentro / aunque me ría  pa´fuera /

así tengo yo que vivir esperando a que me muera”

Doña Ubenza. Nestor Echenique

Evelyn Waugh escribió muchos libros. Recordados, tendré que decir, son algunos pues, como era natural en los escritores profesionales de la primera mitad de siglo XX, había que escribir mucho para publicar mucho y así, con la ayuda de Dios o de algún publicista, vender mucho y así comer todos los días. Belloc también escribía y escribía, en la búsqueda de parar la olla…pero el tema aquí es con Waugh.

Cuando aún joven, tomó un crucero por el mediterráneo visitando varias ciudades que, oportunamente, describió -como era esperable- en “Etiquetas”. Los libros de viajes eran bastante populares en esos días y en esos lares y, naturalmente, el joven Waugh se despachó con uno.  Francia, Italia, Egipto, Tierra Santa, Grecia fueron los destinos visitados y relatados en ese libro pasado ya de moda en lo que a interés turístico respecta, pero la mordacidad y la inteligencia del gordito que nos ocupa mantienen intacto valor.

No se crea que Etiquetas es una especie de Guía Michelin o Lonely Planet, ¡no!, está plagado de análisis jodidos, de descripciones de los viajeros, de crítica social, de denuncia de pequeñeces de gentes pequeñas, etc. Waugh, en su momento, en su viaje y desde su país, hizo lo que acá, creo, nadie aún: hablar más de los viajeros que de los lugares visitados.

Alguien, aquí, en nuestro país, tendría que tomarse el trabajo (y ese alguien tendría que ser al menos un cuarto de lo inteligente, al menos la mitad de lo ácido y por lo menos una pizca de lo mordaz de Waugh, sin olvidar la amplitud de miras, claro está) de, viaje de por medio, describir a esos extraños mochileros urbanos que, en singular viaje iniciático posmo, se congregan, los más selectos, en la estación del tren que, previa cola de larguísima duración, los depositará en Tucumán. Allí comenzarán su periplo por “el norte”, difuso lugar que comienza en un vagón y termina, en reglas generales, en Yavi, junto a la Quiaca, sede del fenecido Marquesado del Valle de Tojo.

Los viajantes a describir recorrerán campings y más campings, alojamientos temporarios en viviendas familiares atestadas de jóvenes que, munidos de sus morrales, charangos adquiridos en Humahuaca y, quién dice, diábolos (esos cosos que se revolean al aire impulsados por dos palitos atados con un cordel), harán las delicias de…otros jóvenes iguales, pero de diferente sexo.

El descriptor, en el trabajo de Waugh, tendrá que vérselas con humitas, tamales, empanadas de charqui, salchipapas (papas fritas mezcladas con salchichas cortadas), canciones de La Renga, dos o tres huaynos, una chacarera, media zamba y covers de Ricardo Vilca hechos por Divididos, sin obviar que tendrá que conocer el francés y así entender a Manu Chao y saberlo todo en lo que al mundo de los géneros respecta, para poder describir con precisión los sweaters de llama, los pantalones ballis, la bambula de las camisas de las jóvenes y, por qué no, la goma de las ojotas de hechura brasilera de las mayorías que, por las tardes, se congregan en las plazas de Purmamarca, Tilcara, Humahuaca (junto al enorme indio de cemento), Iruya (que no tiene plaza), San Antonio, La Quiaca y Yavi.

Por las noches, ajetreadísimas, tendrá que recorrer salones comunes de hostels, restaurantes caros que emulan Cariló (para ver a esos “otros turistas”), ferias llenas de vendedores de chucherías andinas nacidos en Buenos Aires y chicas con ropas extrañas y pelos mal lavados (o sin lavar). No olvidará, espero, el futuro viajero analista, que las vacaciones – las suyas y las de sus descriptos- se terminan más temprano que tarde; que la urbe espera, impasible, donde se la dejó y que antes de recorrer “el norte”, el norte existía, y con él sus habitantes que la pelean como pueden, y  que en casa el mundo sigue igual y que la tentación de anotarse en la carrera de sociología y dedicarse a pensar en la otredad es más propio de los descriptos que del descriptor.

Seguramente quién escriba un “Etiquetas” argentino será suficientemente inteligente, viejo, pasado de tiempo, como para no caer en esa funestísima tentación de transformarse en un tololo. Evelyn Waugh, que tonteó muy mucho en sus años mozos, hizo el viaje cuando tenía que hacerlo, no antes. ¿Quién sabe? quizás, fuera de tiempo, hubiera tornado en un Dan Brown cualquiera. La Providencia es sabia.

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2 respuestas a Etiquetas

  1. Marcelo dijo:

    Viajante:
    buena la entrada, se advierte por las precisas enumeraciones que hay bastante de autobiográfico en ella.
    No entendí bien lo de Dan Brown, ¿por qué se Waugh se hubiese transformado en algo así?. Siempre pensé que el talento”está ahí”, constante, en los talentosos; y las circunstancias y los años en todo caso van a pulirlo, enriquecerlo, hacerlo madurar.

    Un ejemplo podría ser Junger: gran parte de sus libros abrevan de su vida aventurera (ergo viajera), y en todos hay calidad, dispar quizá, pero la hay.
    Pero quizá para hacer un juicio más certero habría que leer Pasados los 70, las impresiones de viaje del Junger ya septuagenario. Tal vez ahí se advierta si “ese” Junger tiene una hondura que el de, digamos, Juegos africanos (novela semiautobiográfica que cuenta las aventuras/desventuras militares de un adolescente en noráfrica) no tiene.

  2. El Viajante dijo:

    Marcelo,

    No leí Juegos Africanos. Tendré que hacerlo.
    ¿Por qué lo de Dan Brown? porque el tipo es un pobre hombre, un tipejo malnacido de y en su tiempo. Porque se lo llevó la corriente puesto y porque, mal que pese a alguno, tiene una pluma potable. Las elecciones son libres y, naturalmente, se puede elegir mal. A eso me refería.

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