Trenes, trenes, trenes

tren

“The only way of catching a train I have ever discovered is to miss the train before”

“la única  forma que conozco para enganchar un tren es perder el anterior”

Gilbert K. Chesterton

¿Por qué me gusta tanto el tren? Quizás porque tiene ese nosequé que produce la estación y la espera de la formación en ella, el traqueteo, los silbatazos, el ruido del abrir y cerrar de las puertas… Quizás sea esa seguridad de llegar, indefectiblemente, a destino. Lineal sin duda, pero agradable.

El problema de los ferrocarriles de Buenos Aires es, sin duda alguna, Buenos Aires. La población local, la desidia de los encargados de salvaguardar los transportes, la idiosincrasia argentina, tan complicada, tan de recién llegado, tan poco pública, tan pasmosamente socialoide aunque antisocial, hicieron de los trenes locales una bazofia andante. La culpa, si es de alguien, no es de los pobres bólidos de metales que ajados traquetean en silencio ente estación y estación.

Pero ¡ojo! no son solo los bonaerenses y porteños los destructores del nobilísimo servicio de transporte ferroviario sino, en reglas generales, todos los argentinos. No hay más que ver el estado de las líneas “de larga distancia” para descubrir que el baño y la tercera clase comparten semejanzas estéticas de forma tremenda. Los que viajamos, entonces, somos los culpables de todo.

Hay otros medios de locomoción disponibles, más modernos y, en nuestro país, más efectivos como el automóvil, los colectivos (en todas sus versiones y formatos) o el avión. Ninguno, igualmente, puede sustituir al tren que no solo ofrece traslados sino la parafernalia propia de su naturaleza. El auto, que debe ser conducido, no deja leer al que se sienta en el volante (ya sé, el maquinista tampoco podría leer pero ellos son silenciosos, ocultos, casi casi inexistentes), el colectivo, que es la versión pobre del tren no deja de ser eso, una “versión” un spin-off que tiene poco de glamour y mucho de olor a caño de escape y el avión, aunque fantástico en su velocidad, seguridad y capacidad, no cubre esos pequeños tramos de espacio que el tren tiene ganado en justicia.

Tolkien eligió justamente al tren para introducir un elemento ajeno a la Tierra Media al usarlo en una metáfora. Lewis hizo a los Pevensie esperar el ferrocarril en alguna oportunidad, Belloc se lo tomó por años y años para viajar de King´s Land, su casa rural, a Londres, la capital, en esos días, de Inglaterra y del mundo. Aquí fue signo y símbolo del “progreso” que tuvo mucho de estúpido y algo de real y en los Estados Unidos, contrariamente, no ocupó ese lugar preponderante en el imaginario local (y por lo tanto en la literatura) a diferencia del automóvil y de la ruta que, desde Washington Irving hasta Jack Kerouac conectó pueblos y ciudades, campos y poblaciones ficcionales y reales.

No me vienen a la mente referencias al ferrocarril en la literatura argentina – que ignoro profundamente, tendré que reconocer- por lo que se me hace imposible relacionarlo más que con ridiculeces como el Argirópolis de Sarmiento o algún otro cuentucho del estilo. Seguramente el motivo es mi ignorancia de las letras nacionales y no, (aunque tengo un leve temor de que así sea) la falta de “literatura de viaje” en nuestra nación. Yo qué sé.

En fin. Esto lo escribo lejos de las vías férreas, de las estaciones y de los vendedores de chucherías que, más temprano que tarde, me tendrán nuevamente cerca y, quien sabe, volverán a compartir viajes.

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17 respuestas a Trenes, trenes, trenes

  1. En mi caso particular, el tren tiene reminiscencias de la infancia. En tren íbamos al Tigre o a visitar familia en Pehuajó, en Lincoln, en Bahía Blanca o en Mendoza. No había nada mejor que tomar el subte “D”, siempre vacío un sábado o domingo, hacer combinación y sentarse adelante de todo en el “A” hasta Primera Junta y volver. ¡Era mejor que la montaña rusa del Italpark!

    Cuando iba a la facultad, envidiaba a mis compañeros que iban y venían en tren, y podían aprovechar para leer en el viaje, puesto que en el colectivo era y es difícil.

    Pero vino Menem y el tren desapareció de casi todos lados. Y los que quedan son cajas de lata destartaladas en los que uno tiene que estar atento a cada “fierita” que sube, no sea cosa que nos deje sin nada. Por no hablar del olor a Mary-Jane o la cumbia villera. Ya ni leer tranquilo se puede…

    Vino Macri y el subte ahora siempre está lleno… además de sucio, oloroso, caluroso y “moderno”. Y cuando no hay tanta gente, uno también tiene que estar “despierto” y atento a todo…

  2. El Viajante dijo:

    Gran verdad Gualterio. Es tan cierto y tan “redondo” lo que comentó que no hay nada para agregar. No digo “Excelente” porque la naturaleza del comentario no lo permite. Gracias como siempre.

  3. Otro Viajante dijo:

    Estimado viajante…le dejo un link con una poesia donde podrá ver un ejemplo donde se hace referencia a los trenes en la literatira argentina.
    “Los trenes de mi infancia” por Juan Luis Gallardo…. quien pueda encontrar el libro lo recomiendo.

    http://www.juanluisgallardo.info/07011100_lostrenesdeminfancia.htm

    • El Viajante dijo:

      Estimado colega,

      Recomendable sin duda por lo sencillo y agradable. Tengo una copia en casa, en la biblioteca, que, por lo pronto, está lejos. Se agradece el link para quien pueda aprovecharlo.
      Conseguí, oportunamente, dos copias: la primera es la que le conte que tengo y la segunda se la regalé a mi padre. Si mal no recuerdo, en las primeras páginas (y por tanto de las primeras poesías) está lo que más me gustó de ese libro. Tendría que revisarlo.
      Se agradece entonces nuevamente,

  4. Whiskerer dijo:

    No les quiero cortar la vena poética, pero ayer viajé “entrenabellavista”, a eso de las diez de la noche, en el furgón, nada menos (tengo derecho a fumar, también). No se por qué los wachis al principio me dirigían miradas torvas, incrédulas… ¿estupefactas?. Debo reconocer que llevaba unas copas de más, puestas entre pecho y espalda, pero aun así algo me hizo sospechar que quizás lo que llamara la atención fueran el traje, la corbata y un libraco en la mano que por supuesto nunca abrí. Gracias a Dios las puertas no estaban. Es decir, estaba la abertura sola, lo que es lo mismo que decir que estaban abiertas, que si no habría muerto intoxicado con el paco.
    Un interesante experiencia sociológica, diría.
    Hasta me ofrecieron un trago de “algo” que estaban tomando de una botella de plástico recortada. Y bue, por no despreciar la hospitalidad, le pegué un sorbo. Me pareció una bebida muy suave, acostumbrado como estoy al maldito líquido amarillo.
    En fin, que hay trenes y trenes.
    W.

  5. J. dijo:

    Me gustan los trenes, y sus “alrededores”: faroles, banderitas, estaciones… Como los barcos. Lástima grande que el San Martín me esté haciendo dudar de mi gusto.

  6. El Viajante dijo:

    Whiskerer y J, Ya lo sé, ya lo sé, la monada circulante elimina toda posibilidad de que el ferrocarril, así como está, nos agrade pero bueno.. no sé…me pasa algo raro con ese tren horrendo. ¿Será que lo quiero?

  7. El Viajante dijo:

    Eso me pasó, en una época, seguido pero muy seguido. Tanto que lo hacía (eso de llegar a Bella Vista) diariamente. Ahora, lejos de todo ello, el Sanmar me da nostalgia.

  8. Whiskerer dijo:

    No se, Viajante, deme un par de días y algo le respondo, No hoy. Quizás con algunos versos. No se si hay otra forma de tratar estas cosas. Por ahí, como dicen en mi pago (porai), una prosa delicada pueda hacerlo, pero no la he visto entuavía, ni citada, y la que más se le acerca es la suya,.. y nunca se llega, ni con verso, ni con prosa, … y los trenes siguen ahi, y hay que hablar de los trenes

  9. Otro Viajante dijo:

    Linda anécdota la del Wiskerer. Confieso que me ah ocurrido en alguna ocasión en que viajaba en el furgón. Algo difícil de entender es que el viajante del tren se torna misteriosamente en una persona si no cartitativa, al menos solidaria y generosa. Se hace mas evidente en los wachis del furgón. Por lo general ayudan a acarrear de otros pasajeros que ni conocen sus nombres bolsos, valijas, bicis y demás menesteres. Eh visto madres que depositan, con total confianza, desde abajo del anden a sus pequeños en las manos de estos trasgos, vueltos en hombres, al emprender el viaje.
    Recuerdo que viajando una vez, en ese vagón sin puertas, para disfrutar de la libertad de fumarme mi cigarrillo uno de estos “eh aamiigo” no va y me dice – ¿No tené “lillo”? – Se imaginaran mi cara de desconcierto. Y le pregunte que quería y me señalaba el paquete de cigarros. Le ofrecí uno y me dijo – “lillo, amigo, papelillo para armá” . Ahi entendí. Procedí a sacar mis 2 cigarrillos que me quedaban y le di el paquete. Lo tomó y prolijamente despego el papel plateado del blanco, el cual usó para armarse una tuca o cigarrillo de marihuana.
    Por el gesto recibí un trago de cerveza y viaje confiado durante el resto del viaje, como protegido.
    Cuando me baje en Bella Vista escuche un grito – Chau Inglé, gracia por el lillo”- y me perdí por la estación con mi sobretodo gris.
    Pareciera que el viaje mismo mudara sus maneras.
    Seguire pensando en ello.

  10. El Viajante dijo:

    Tom,

    Respondo el tu blog mejor.

    Lector que no sea TOM: Recomiendo calurosísimamente el blog de Tom por dos motivos:
    1: Tom, de lo que yo escribo, sabe más que yo.
    2. Tom, que también escribe, escribe mejor que yo.

    He dicho.

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