Viajante

hilaire_bellocDo you remember an inn Miranda?,  do you remember an inn? (…)

¿Recuerdas una taberna Miranda?, ¿recuerdas una taberna? (…)

Tarantella . Hillaire Belloc

Los medios de locomoción modernos, trazables desde la invención del bólido metálico que, sobre rieles, transporta hindúes, ingleses, chilenos, japoneses, norteamericanos y argentinos, entre tantos otros “pueblos”, han acercado, sin duda alguna, a tantísimas personas. Automóviles, aviones, barcos modernos, bicicletas y tractores se suman al tren, al ferrocarril, en la lista de medios llevagentes que, sin la gente llevable y sin la gente a la cual llevar al primer grupo, carece de importancia. Me dirán, quizás, que el traslado de bienes es, en realidad, el fin último (y primero) de los transportes hodiernos. Puede ser, pero a mí, con una visión más literaria ahora que histórico-económica, me tienen sin cuidado las comodities, los sweaters, las tabletas y los alfileres para la industria camisera. A mi me interesa, hoy, como siempre, la gente; la gente viajante, la gente que va a algún lado.

Releyendo, esta vez en orden y no eligiendo capítulos caprichosamente la fantástica biografía de Hilaire Belloc que escribió ese ex skinhead inglés devenido en profesor norteamericano de Joseph Pearce, me puse a pensar en la trajinada vida del historiador anglofrancés. El tipo nació en una villa (hoy un conurbano más o menos) cercana a París, La Celle St. Cloud en una familia de seudo franceses por parte de padre (lo de seudo corre por mi cuenta pues, por su abuela, tenía de francés lo que yo de polaco, mohicano o wichi) y de ingleses (también algo “seudo”) por parte de madre. Trasladóse, bien de niño, a la isla brumosa donde vivió casi toda la vida y volvió, en reiteradas oportunidades, a visitar Francia entre arranques de amor franco a lo francés y de franco odio a lo inglés (a lo que volvió y volvió hasta morirse, un día, tras un trágico accidente hogareño que no viene a cuento).

El tipo, de la clase media inglesa que compró ropa linda una vez y la cuidó como si fuera oro sabiendo de la falsedad precaria de su mentada condición, se hizo militar y se consiguió la baja rápidamente, ambas, cosas que yo, en otro contexto gustaría de hacer. No contento con la experiencia en la milicia, y porque se había enamorado de una californiana de familia irlandesa, se cruzó el océano todo y la América del Norte toda para salir, como un tiro, rebotado derechito a su casa londinense con un no a su propuesta matrimonial que, años después, transmutado en un si, haría de Belloc un hombre casado. El tipo le robo una novia a Dios porque Elodie, aunque sin vocación, probó el Convento y el Convento la rechazó, oportunamente, dejándola en brazos del francófilo inglés nacido en Francia que hablaba un francés afectado y un inglés digno de Lord Palmerstone (o así decían en esos días sus amigos y compañeros).

Estudió, se recibió en historia, perdió la posibilidad de convertirse en un scholar y…se transformó en Hilaire Belloc. En el tipo que escribía para comer y comía para pasar la comida. En uno de los mejores y más selectos miembros de la Confradía de los Amigos, esa que incluye a las gentes que son amigas dilectas de sus amigos dilectos y, además, se dedicó a la literatura (prosa y verso, adulta y juvenil, compleja y sencilla), a la economía, la teoría política (con mayor o menor suerte, y con mayor o menor grado de realismo político) y a viajar.

Belloc tuvo un barquito, el Nona, con el que se proveía de vinos en cantidades industriales a precios accesibles para su bolsillo siempre agujereado por la falta de dineros y las sobras de los panes. El tipo viajó, viajó muchísimo y recorrió cuatro continentes pero siempre volvió, para estar donde tenía que estar.

Los trenes, que también sirven para visitar Bella Vista a los viajantes que lo hacen desde la Capital, llevaron, en su versión europea (y norteamericana, tendré que decir) a Hilario Belloc en un sinnúmero de oportunidades a un sinnúmero de lugares…y también lo trajeron de vuelta.

Hace un tiempo, como dos años, dije, en este mismo blog, aunque hablando de otra cosa, que todos queríamos ser un poquito como Belloc. ¡Nones! un poquito no, quiero ser todo un Belloc. Eso sí, a mí, que paso el vino, me apetece más la cerveza. ¡Qué le vamos a hacer!

 

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5 respuestas a Viajante

  1. Estimado Viajante: Ojo con lo que desea que Dios le puede tomar la palabra. La vida de Belloc no fue sólo vino, cerveza, canciones y viajes; hubo también muchas lágrimas, soledad, incomprensiones, dolores…

    • El Viajante dijo:

      ¡Verdad sin duda! Sufrió, posiblemente, los dos dolores más terribles que puede sufrir, acaso, un hombre: la muerte de su esposa y de un hijo y, para agregar, la desaparición de todos sus amigos. La longevidad no fue virtuosa para el pobre.

  2. Lupus dijo:

    Estimado Viajante, yo sé lo que ud. quiso decir, pero lo que dijo lo dijo de un modo que me habilita a mí a decir lo que sin querer ud. no dijo. La longevidad sí que fue virtuosa para el querido Hilario. Pero, ay, también en eso que señala Gualterio consiste la virtud longeva: en el dolor que le pertenece a aquel cuya fe no retrocedió un centímetro ante la dura vida. Un abrazo

  3. El Viajante dijo:

    Lupus, sin duda; la Fe de Hilario no amainó ni retrocedió un ápice. De hecho, y como cuenta en su Memoria J.B Morton, en pequeñas cosas se podía notar (la visita diaria a la tumba de su esposa, creo, alcanza).
    ¿Sabe lo que pasa Lupus? el posteo último, éste, en el que estamos comentando, es, sencillamente MALO. Malo en su calidad gramatical, malo en la puntuación durísima, malo en la la inexistencia casi absoluta de cadencia y, para peores, malo o, si se me permite “pifiado” en la forma de encarar la cuestión. ¿Por qué? porque el que andaba medio ralica era el posteador y no otra cosa ni otra persona.
    Como dicen los chilenos del sur, unos amigos me “anduvieron conversando” sobre un tema algo recurrente en este blog, Lewis y el catolicismo. Quizás escribo en la próxima algo al respecto, medio “conclusión de quien suscribe y no sigo más”, medio tema fácil, no sé. Espero que sea más agradable que lo de Belloc.
    Como siempre…se agradece.

  4. Lupus dijo:

    No me voy a meter con su opinión de usted sobre usted mismo o sobre lo que usted mismo escribió y releyó después. Primero, porque a nadie se le puede pedir que escriba fenómeno cada vez que escriba, y mucho menos con esta suerte de periodismo vegetativo que es casi lo único que nos queda y que practicamos por acá. Segundo, porque no se le pido ni a Chesterton, que tiene más de una columna periodística que es un sancocho. Y tercero, porque el apalearse a sí mismo es bueno y nos levanta. Fuera de eso, no tengo su misma opinión de este último post suyo. Véalo de este modo: no tenemos que apuntar al esplendor cada vez que escribamos algo. Tenemos que apuntar (creo yo, humildemente) a decir verdad y a decirla de buen modo, que a veces puede ser bello modo. Si dijo verdad y la dijo de buen modo… La belleza viene y va, nos abraza y nos patea. Prepare lo de Lewis y haga su vigilancia gramatical: Después siguen Dios y el lector. Abrazo

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