Cita

“Most people are other people. Their thoughts are someone else’s opinions, their lives a mimicry, their passions a quotation”

La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son opiniones de alguien más, sus vidas una mímica, sus pasiones una cita”

Oscar Wilde

(que se mató citando, de memoria sin duda,

al escribir esa larguísima carta que conocemos como De Profundis)

Hoy estuve pensando en muchas cosas y, entre ellas, en las citas. Por citas no se debe entender la famosa nota al pie (o el sistema yankee bastante horrible del citado con la referencia entre paréntesis, típica de sociólogos y otros “ólogos” de rara calaña) que informa el origen de la cita, sino la cita misma. Lo que un inglés llama “quotation” y que nosotros llamamos cita pero, por culpa de historiadores en primer lugar y diferentes “ólogos” en segundo, confundimos con la referencia de tal citación.

Los norteamericanos, creo yo, son el pueblo más citador de la tierra y nosotros los copiamos solo en casos extremos de inestabilidad política, en los cuales aparecen escritos que rezan debajo “Juan Bautista Alberdi”, “Domingo F. Sarmiento”, “Federico Leloir”, “René Favaloro”, “César Milstein”, “Diego Maradona” o quien quiera que la masa citadora local considere digno de ser citado. De vez en cuando, y en esos mismos momentos de inestabilidad política, aparece algún trasnochado que se despacha con frases de Ayn Rand, Conrad Adenauer, Albert Camús o de Marlon Brando y Al Pacino en sus personajes mafiosos en una especie de arranque manifestatorio de una especie de intelectualoidismo típico de la Gran Ciudad de Buenos Aires.

Decía que los yankees son grandes citadores y eso, creo yo, depende de dos cosas. Primeramente son una república moderna, democrática y liberal. De hecho el concepto moderno de democracia fue inventado por ellos y para ellos. La única democracia en funcionamiento pleno del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica, dependen, cual basamento, del sistema político que lograron autoimponerse a fines del siglo XVIII y que reinventaron sucesivamente a lo largo de los últimos doscientos años y pico. En segundo orden, y concatenado con lo anterior, el norteamericano (y por caracter transitivo el argentino citador compulsivo) considera, casi automáticamente que si alguien importante, alguno de los canonizados por el mundo moderno, dijo algo, ese algo (¿o eso algo?) es importante.  Nada mejor que una cita para explicarme, y nada mejor que citar a un tipo que, buscándolo en internet, parece no existir, haciendo todo más interesante: “People will accept your ideas much mo re readily if you tell them Benjamin Franklin said it first”. David H. Comins. Parece que mister Comins no existe pero si su cita que en castellano sería algo así como “la gente aceptará mucho mejor tus ideas si les decís que Benjamín Franklin las dijo primero”. Y es verdad. El argumento de autoridad es lo único que hace que citemos así, derechito, sin saber qué significa lo que decimos y sin preocuparnos por que lo dicho no sea una imbecilidad. Lo dijo Favaloro.

Los ingleses también son citadores, aunque más sofisticados, y gustan de repetir a algunos personajones (o gustaban, cuando sabían leer y usaban los ojos para ello) de “talla”. El ejemplo británico máximo creo que es el del Doctor Johnson. Johnson, que posiblemente no haya sido leído por casi nadie hace muchos años ya, parece ser que era un gran conversador y, por lo que Boswell recopila en su biografía del interfecto, se despachaba con frases sardónicas, ácidas o de mala leche a diestra y siniestra, deleitando al público directo y, por que no, al indirecto que, gracias a que unos tipos leyeron a Boswell citar a Johnson, pueden citar (¡qué fárrago de citas!) al famoso charleta.

Yo mismo, para decir algo de mí, soy un citador. Ando citando a Castellani, a Borges, a este, al otro todo el tiempo. De hecho, hasta cito mal a sabiendas pues repito eso de “Leemos para saber que no estamos solos”, adjudicándoselo a C.S Lewis sabiendo que en realidad es una línea de Shadowlands, una película, y que en tal filme ni siquiera la profiere Jack (o Anthony Hopkins interpretando el papel de Jack). El magister dixit de los sofistas griegos nos persigue a todos, seamos relativistas que citan a Franklin como argumento de autoridad, seamos “de los otros”, que preferimos a Castellani contra el relativismo. No podemos nuestro genio moderno que necesita del origen preciso, de la nota al pie exacta para valorizar lo dicho.

Quizás la cita compulsiva (con la referencia correspondiente) sea la versión literaria de la obsesión renacentista por el genio, esa infección estúpida que llevó a que la Europa postmedieval dejara de apreciar el arte prefiriendo leer las biografías de Giorgio Vasari. Lo demás es historia conocida. Los “genios” no nos jodieron, nos jodieron los acumuladores de “genios” pero lo hecho hecho está (what´s done is done queda mejor y conozco o no me viene a la mente frase mejor) y ya somos eso, citadores.

¡Al final de cuentas yo escribo un blog sobre otras personas y tengo peluquín (toupée) de agarrarme con los que hacen, en esencia, lo mismo!

Yo que sé, ¿eso hacía Chesterton no?. Y si lo hacía el gordo Gilbert, ¿por qué no puedo hacerlo yo?

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10 respuestas a Cita

  1. Excelente.

    Cuando estaba en la facultad me hice socio de la Biblioteca Lincoln, que en ese entonces estaba en la calle Florida casi cuando empieza en Plaza San Martín; dado que en aquella época no había muchas opciones para encontrar bibliografía en inglés a precios razonables. Me acuerdo que lo que más me impresionó, además de poder agarrar los libros uno mismo sin tener que pedírselos a la típica bibliotecaria apática, fue ver estanterías llenas de “enciclopedias” de citas (quotations). Años más tarde me enteré que en las universidades y bibliotecas públicas yanquis estas enciclopedias de citas célebres son una de las primeras adquisiciones necesarias. Así que sí, los yanquis son citadores compulsivos.

    Hablando de Chesterton, se le atribuyen cientos de citas que no son suyas y, lo que es más curioso, incluso gente que lo ha leído. En la web de la American Chesterton Society solían tener una sección muy interesante donde uno les mandaba una supuesta cita de G.K.C. y ellos te decían a qué obra pertenecía y en qué contexto, o, por el contrario, si era apócrifa.

    En fin, sigamos citando…

  2. El Viajante dijo:

    Coronel,

    Fíjese que se les ha hecho de tal costumbre que no tienen empacho candidatos políticos, conferencistas profesionales o ad hoc y quien fuera de empezar sus exposiciones con el famoso “Pirulo once said..” .
    Lo que cuenta de la American Chesterton Society no lo sabía. Interesante. En el fondo, muy en el fondo, no importa tantísimo si citamos perfectamente o no al gordo o a quien fuera. Con un amigo mío sale ,de vez en cuando, el tema de “¿eso es de Castellani o es tuyo o mío o de alguien y se lo adjudicamos a Castellani? Lo lees, lo relees, lo hiperlees y finalmente medio que “se te pega”. De ahí a la cita no del todo correcta y de ella a la directamente apócrifa hay menos de lo que se cree.
    Borges decía que Chesterton mandó la biografía de Dickens a la editorial y que antes de mandarla a la imprenta los tipos notaron que, como citaba de memoria, sus quotations eran inexactas, por lo que las ajustaron. Creo que en ese libro en dos tomos que recopila las entrevistas que un tal Ferrari le hizo. El ciego porteñoginebrino se quejaba amargamente de haber perdido las versiones chestertonianas. Creo que tenía razón.

    PD: Ahora que lo pienso, puede que me falle la memoria y no sea la biografía de Dickens…o si. ¿acaso importa mucho?

    • En los cursos de oratoria yanqui se dice que hay que incluir un par de citas de autores populares o respetados, además de un par de chistes. Es un gancho para que la gente no se aburra. Y, en general, lo logran; los yanquis suelen ser buenos oradores en promedio, mucho mejores que nosotros. Como decía Chesterton ( 🙂 ), no existe algo como un tema aburrido, sino personas que aburren.

  3. Athonita dijo:

    Está también aquella cita –y juro no recordar de quién es– que dice algo así como “cuando importa más quién dijo qué que qué dijo quién, empiezan los problemas”. Steiner, en Presencias reales, con su famosa “ciudad secundaria” aborda algo de esto: la inflación que genera la referencia que nos va alejando exponencialmente de la cosa in se. Coleccionar citas es como coleccionar anteojos: son vidrios que dan a una realidad, que es más importante que el vidrio.-

    Construyendo un silogismo un poco flojo pienso que el que cita mucho lo suele hacer por inseguridad. Las premisas mal pegadas son que yo cito mucho y que soy inseguro…

    ath.-

  4. El Viajante dijo:

    “El que cita mucho es inseguro
    Pirulo cita mucho
    Pirulo es inseguro”. Dice usted entonces Athonita. Puede ser que sea inseguridad, sin duda, pero creo que es algo más, algo menos peor, o más mejor, y algo más peor o menos mejor. Es como la diferencia sutil entre doctrina e ideología: la una permite ver, la segunda obliga a ver de determinada forma. Es la almohada en la que duerme la cabeza del historiador, como decía Irazusta. Citar no está mal, el problema son los citadores.

  5. El Viajante dijo:

    PD: Athonita, ¡qué seudónimo! tenga cuidado porque puede haber por ahí algún ridículo que lo acuse de cismático.

  6. Lupus dijo:

    Un editor amigo me comentó, hace algunos años, las dificultades que le ocasionó el armado de un libro imponente por demás y de más. Infinito, interminable, inextinguible. No sólo por el texto en sí, sino y sobre todo por las citas en las notas, más extensas aún. Exagero, creo. ¿Qué clase de libro es uno con más texto de citas y notas que texto central? Un libro cabeza abajo, medio virulo. Mucho de malabarismo y de avivada. Bueno, le cabría a Straubinger, ¡y con la Biblia! ¿Habrá hecho el cálculo de palabras? Igual, en su caso, lo bien que nos vino: en lugar de libro aparte, libro incluso. Saltó la cacofonía y aprovecho: libro intruso. Eso es. Un autor que cita y cita y cita, o parafrasea cuando le empieza a dar “cosa”, ya no es un autor, es un intruso. Un intruso, un forastero, un piola que se manda la parte. Pero, por otro lado, ¿cuánta cosa nueva hay para decir?… ¿No será que hace mucho que ya no hay libros nuevos? O mejor, ¿no será que los únicos libros nuevos son los libros malos, los que traen novedades idiotas y ocurrencias inservibles, los que no forman parte de ninguna herencia? ¿No será que estos fenómenos que tanto nos gustan, Chesterton, Castellani, Lewis y la banda entera, son simples citadores, servidores de una sola verdad dicha de infinitas maneras?… (¿Qué, me salió en versito?)

    Lupus

  7. Marcelo dijo:

    En una entrada sobre la cita, no me resisto a citar un aforismo de Nietzche sobre la cita:

    “Cuidado al citar- Los autores jóvenes no saben que una buena expresión, un buen pensamiento, sólo quedan bien entre sus iguales, que una cita excelente puede aniquilar páginas enteras , más aún, todo el libro, por cuanto previene al lector y parece gritarle: “Presta atención, yo soy la piedra preciosa y lo que hay a mi alrededor es plomo, pálido y miserable plomo”. Cada palabra, cada pensamiento quiere vivir únicamente en la compañía que le corresponde: tal es la moral del estilo selecto.”

    P. D.: Viajante: ¿y cuál es el problema con el “afán citatorio”? ¿No dicen acaso que la historia de la filosofía es un conjunto de notas al pie de página de la obra de Platón?. En todo caso, al citar implícitamente reconocemos con humildad que somos pigmeos sobre hombros de gigantes.

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