Bits and pieces

Muy tarde de miércoles, o muy temprano; de jueves,

“Digan lo que digan los registros parroquiales, Bécquer nació en Flores. Todavía su sombra se pasea por esos atardeceres de glicinas con jardincito al frente”.

Ignacio B. Anzoátegui

El lunes pasado, feriado nacional en recuerdo de la Recuperación de las Islas Malvinas, me tomé el tren gasolero que para en Bella Vista. Podría haber tomando un taxi para que me lleve desde la estación a mi destino, muy cercano a lo que un hombre sabe llama la “microvilla”. Llegué a pie caminando derechito por Senador Morón, Irusta y Flaubert y me reconforté de la caminata con una bebida servida en un vaso que se ensució aún más de lo que estaba al ser lavado en un tacho lleno de hojas y quién sabe qué otros líquidos no correspondientes con el agua.

Allí un amigo me dijo que iba a poner en aquí, como comentario al posteo anterior, una cita castellaniana que podría “zanjar” la cuestión y que, mal reconstruida sería algo así como… “Los primeros Padres dicen que las promesas de Gloria son a la Iglesia y las carnales a los Judíos y tal cosa no puede ser creída”. Hasta aquí la cita mal hecha de Castellani que mi amigo con apodo de parte de un asado hizo bien y que mi memoria tergiversa. Todo lindo pero me pregunto si no es medio mucho. Por otra parte me acordé, en plena conversación, de otro amigo que en una esquina palermitana, de noche y con lluvia luego de una charla larga de a tres, con otro más, me dijo que quizás se cumplirán en los judíos las promesas de forma literal (las que faltan, claro está, la principal, la de la Encarnación del Mesías, claramente, se ha cumplido en Cristo Jesús) y que les sería dado el “gobierno” de la tierra renovada, mas no de los nuevos cielos. ¿Para lo que se conviertan? me pregunto ahora y agrego: ¿Cuantos serán? una pequeña, pequeñísima grey alcanzaría para ceñirse al texto bíblico.

Quedo aquí con el tema que me excede, supera y vence intelectualmente por varios cuerpos dejándolo a los que saben y a algún exabrupto de verborragia que pueda accesarme luego de algún comentario que pueda surgir… y que espero surja.

Cambiando radicalmente de cuestión, digo que no me gustan las novelas de Muriel Spark. ¿Qué querés que le haga? no me gustan nada. Me aburren, se me hace virtualmente imposible seguir a los varios personajes que llevan nombres (o simplemente apellidos) tan comunes que se me olvidan casi inmediatamente y las descripciones  me embolan tanto o más que lo que me hastía la incertidumbre de “saber qué va a pasar” (Como en Memento Mori y las reiteradas llamadas telefónicas que repiten la frase “recuerda que vas a morir”). La chorrada de páginas plagadas de asilos, clubes más bien pedorros, conversaciones sin sentido y poesía inglesa injertada a los hachazos en el texto me hacen olvidar esa tensión inicial y me llevan a un sopor de lector que bien podría ser tildado de embole.

La literatura inglesa, que Chesterton indicó como inexistente, puede prescindir – o al menos puede hacerlo en mi biblioteca – de la señora Spark que me aburre en proporciones familiares y es justamente eso, el aburrimiento, lo que me hace leer por arriba, rapidito. Mal hábito que, una vez abandonado el libro generador, se traslada a otros, mucho más agradables, hasta que puede ser extirpado no sin algo de trabajo. ¡Gracias Muriel Spark! que lo tiró…

El tema es grave porque si un tipo que lee en trenes, colectivos, camas mal iluminadas y mesas en las veredas de los cafecitos porteños se encuentra en la situación de tener que abandonar lo que está leyendo, el tipo ese está en problemas. ¡Gracias Muriel Spark!  Ahora bien; no todo lo que me recomendaron leer, o supuse debía leer, me tiene que agradar. En el fondo la Spark me hizo un favor enorme: el de que no me guste algo que otros consideran fabuloso. Lo mismo me ha pasado con, por ejemplo, Gustavo Adolfo Becquer, John Milton, muchos sonetos de Shakespeare, Lope de Vega, Ibsen, alguna novela de Dickens, Bioy Casares (que es el bodrio más bodrio que han producido las supuestas letras argentinas) y la Revista Billiken de Constancio Vigil (siempre quise largarle un insulto a Vigil, vilipendiado casi deportivamente por Castellani en los cuarentas y que ahora no es recordado más que por Editorial Atlántida).

En fin, esas cosas me pasaron por la cabeza últimamente (lo dicho ut supra, digamos), junto a otras tantas que se me escapan ahora. La conversa acerca de Evelyn Waugh y las primeras novias o intentos de novias que tuve frente a una chimenea un día muy lindo en una noche muy negra excede a este blog que, aunque a veces describa cosas ajenas a lo ferroviario, no deja de pertenecer a un tipo que, aún complicado, se toma el tren a Bella Vista.

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Una respuesta a Bits and pieces

  1. elultimocruzado dijo:

    Estimado viajante, ni siquiera yo (el amigo con nombre de parte de asado) recuerdo bien que es lo que le dije o quise decir… pero viendo lo que ha escrito ahora sí recuerdo que el cura dice en uno de esos sermones grabados que los Padres o la Iglesia tomaban todas las promesas de gloria -naturales y sobrenaturales- del Antiguo Testamento como hechas a la Iglesia; y las admoniciones, reprimendas, amonestaciones y castigos de los libros proféticos como destinados al pueblo judío. Que eso era macaneo, por sobre simplificación, y que merced a Lacunza podían verse en el AT promesas hechas específicamente al pueblo judío que nunca se cumplieron. “Promesas andaluzas… y Dios no es andaluz”, dice el Cura. Que se van a cumplir en la Segunda Venida o en la conversión previa anunciada por San Pablo.
    Dice el cura que Lacunza tenía un talento enorme y descubrió cosas en las Escrituras -que parecía conocer de memoria, no obstante le endilga a la vez el reproche de ultra judaizante- y una de ellas es la historia del pueblo judío como novia escogida y embellecida primero, luego como adúltera, repudiada y desechada; y finalmente como esposa perdonada y acogida de nuevo. O algo así.

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