En tren a Bella Vista

Noche silenciosa,

“Mañana será otro día (…) Veremos que me depara el futuro”.

En tren a Bella Vista I. Introito

Hoy viernes alguien tomó el tren, de mañana, cuando todavía estaba agradable, el tren a Bella Vista. En el andén de Palermo compró algo en el quiosco después de correr las escaleras por si el tren venía sin dejar de saludar al guarda joven que se está quedando pelado. El rubio. Esperó lo necesario y se trepó al San Martín , a una de las tantas formaciones del San Martín, esperando poder ubicar un asiento en la ventanilla (de los nuevos, no de los acolchados que tienen poco espacio para, justamente, sentarse). Lo consiguió, tan temprano no viaja mucha gente.

No le compró carilinas al cansino vendedor de edad que siempre pasa, con sus anteojos, esperando que algún resfriado incremente sus ventas. Tampoco chipás al muchachito que pronuncia, como todos los paraguayos que he escuchado, “chipa”, acentuando la i. Sacó un librito con los bordes doblados de la bolsita que le colgaba de las manos y se puso a ojear el índice, o a leer el prólogo, o quizás, si el sopor matutino había ya terminado, a leer el primer capítulo sin vueltas. El tren era rápido a Hurlingham.

Leyó, miró a los demás viajantes, y volvió a su libro no sin fijarse, de vez en cuando, en los carteles de las estaciones: Chacarita, Paternal, Villa del Parque, Devoto, Sáenz Peña, Santos Lugares, Caseros, Palomar y Hurlingham. Llegado a la estación con nombre inglés miro a los tipos que, veloces, cruzaban el puente con cosas en las manos esperando no perder el tren que los lleve a sus trabajos, o a sabrá Dios donde, en la mañana de un viernes. También notó al cafetero charlando con la quiosquera y un guarda.

Pasó William Morris y vió los carteles del pool feucho de un lado de la vía y del lugar donde entrenan perros, del otro lado. Canchas de futbol, edificios fabriles, casas y, finalmente, la verde estación de Bella Vista.

El tipo se bajó del tren todavía en movimiento y se miró los zapatos al pisar el suelo. Luego de eso no se que hizo. Quizás caminó para atrás hasta Senador Morón y después quien sabe. Quizás salió por las boleterías mostrándole su boleto de ida y vuelta a la rubia o al gordo rapado y se subió a un Duna Blanco, piloteado por un señor de bigote hacia un destino incierto.

Hoy no me tomé el tren.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s