Biografías

Martes,

“In the dying world I come from, quotation is a national vice”.

“En el mundo moribundo del que vengo, la cita es un vicio nacional”

Evelyn Waugh. The Loved One

Iba a escribir sobre las dos biografías más famosas (o editadas al menos) sobre Tolkien; la de Humphrey Carpenter y la posterior que realizó el superbiógrafo (por la cantidad y no necesariamente por la calidad) Joseph Pearce.

No creo que este posteo se traduzca en un artículo potable – siquiera un esbozo – acerca de ambos textos, sus coincidencias, diferencias y enfoques, no. Sencillamente tipearé algunas palabras al aire y veremos que pasa.

Ambos brolis fueron leídos por mí hace ya años pero, como a veces me pasa con ciertos temas, las releí medio rápido (en el tren obviamente) para refrescar las diferencias y transformar tal laburo en un posteo coherente. Ni fu ni fa. Ni las releí concienzudamente ni habrá posteo “grosso” alguno.

Carpenter es vilipendiado por cuanto biógrafo tolkeniano camina la faz de la tierra desde que publicó su biografía propia (y primeriza) acerca del escritor y filólogo inglés. Pearce es amado por el lector católico de centro-derechas que delira ante las insistencias acerca del hipercatolicismo, jesuítico, de Tolkien.

Yo creo que el problema de la primera (la de Carpenter) es que no aborda la cuestión religiosa in totum, – aunque no pretende hacerlo como claramente se nota – sino que estudia el tema, constantemente, pues fue el elemento principal en la vida de J.R.R y, naturalmente, en su obra.

Carpenter “peca” de tener la mala suerte de que haya tantísimos catolicones que se ponen quisquillosos mientras leen biografías (que Tolkien desaprobaba al menos parcialmente) y que tendrán su bálsamo cuando el ex neonazi Pearce, previa conversión, mande a la imprenta su broli que, básicamente, es una catarata de citas de…¡Carpenter!.

No olvidemos que “la papa” está en las cartas que Ronald Tolkien escribió y que publicó, para disfrute de nosotros, público chismoso, el buen hombre de Carpenter y que el simpático Pearce usa y usa y usa en su biografía y en los spin-offs que sacó a posteriori.

Creo que la vara a utilizar para distinguir la calidad de ambas biografía sería el “tolkienómetro”, extraño aparejo que podríamos inventar y que marcaría el nivel de conocimiento general que el lector poseería, una vez leído cada libro, sobre la vida del filólogo anglo. El problemita estará en el orden: si Carpenter primero o si Pearce primero. Creo que se zanja facilmente: primero la que se editó primero, segundo la que que salió después y que se monta sobre la anterior.

Las biografías son, en reglas generales, aburridas cuando el autor no conoció al biografiado (cosa que se puede cubrir mediante un buen uso de la pluma y una enorme dosis de humor y/o simpatía), pero las peores son las que están hechas a imagen y semejanza del personaje que el biógrafo se creo, en la cabeza, del homenajeado óbito (siempre se escribe sobre muertos, ¿vio?).

Me parece que el que más se acerca a nuestro escritor es Carpenter, más allá de no entender la cuestión de la “compañía masculina” y su importancia en la vida de Tolkien (porque ya operaba el bicho de la acusación de maricón rondando el mundo, Inglaterra y Oxford), entre algunas otras cosillas. La otra, la de Pearce, amén de aburrida en el fondo debido, en gran parte, a la farragosa pila de citas y más citas que mete frenéticamente en el cuerpo del texto, peca de “Pearciana”, si se me permite el neologismo: un tipo escribiendo sobre otro en base a lo que el primero cree que el otro era, debía ser y seguro, segurísimo, era.

Por eso no escribo (todavía) biografías.

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6 respuestas a Biografías

  1. Me hizo reír.

    Supongo que las biografías están destinadas a eso. Si uno las lee cuando aún no tiene mucho conocimiento de la obra del biografiado, termina decepcionándose cuando se adentra en ella. Si las lee luego de haber leido al mismo durante un tiempo, también se decepciona.

    Pasa como con las adaptaciones cinematográficas.

    Supongo que la excepción se da cuando el biografista (¿se dice así?) tiene un buen dominio de las letras y eleva la biografía a la categoría de obra literaria.

    O, en el caso de los curiosos (como un servidor), cuando la biografía aporta material inédito (Randle sobre Castellani, Ward sobre Newman, Waugh sobre Knox, etc.).

  2. El Viajante dijo:

    Sin duda Gualterio! El mamotreto verde de Randle (vilipendiado por muchos) es un clarísimo ejemplo de una biografía buena escrita por alguien que no conoció (en vida) al autor. En el fondo, lo que tiene que hacer un biógrafo (creo yo) es salvar esa distancia, la del desconocimiento, y hacerse amigo (en caso de que sea caro a dicho biógrafo el autor biografiado). Los que hacen biografías sobre tipos “X”, esos que publican como locos (véase posteo viejo sobre la Memoria de Morton acerca de Belloc), me caen pésimo.

    Sus ejemplos de buenas biografías los tomo todos! como no! aunque la de Ward entraría en una categoría aún más rara: Biógrafos que en el fondo odian al biografiado pero se mandan unas biografías buenísimas! (La leí a instancias de alguien que no se equivocó en promocionarla).

    Gracias como siempre.

    • Creo que lo mejor del Mamotreto es que denota un manejo impresionante de la obra de Castellani para poder encontrar en toda ella las “huellas” autobiográficas del Padre. Todos (o casi) sabíamos de las continuas autorreferencias y motivaciones psicológicas en la elección de los temas, autores, comentarios, etc. Quiero decir, si escribe su monumental “Reforma de la enseñanza”, es porque ha comprobado en carne propia lo malo de la educación argentina (¡ya en esa época cuando era mil veces mejor que ahora!. Si elige un Verdaguer o un Kírkegor para estudiar y explicar, lo hace desde la perspectiva de su propia historia. De eso no hay duda. Pero de ahí a encontrar “la” cita y aplicarla al momento exacto de su vida a que eso hace referencia… hay que conocerse la obra castellaniana casi de memoria y en forma integral e integrada, intercomunicada entre toda ella. Digan lo que quieran, pero el mamotreto verde lo tengo todo deshojado de la cantidad de veces que lo leí y releí.

      Pero, en cuanto a Newman, no coincido con la tesis “maniquea” de “Jack Tollers” que podría resumir medio maliciosamente como “Newman contra el mundo” (i.e. versus Wiseman, Manning, Faber, Ward, etc.). Sorprendentemente, como me señaló un amigo que sabe un buen rato de literatura inglesa, se le escapó algo que es bien típico inglés: la ironía. Ironía que está presente en Newman, pero también –podemos creer– en Manning o en Ward, y también –¿por qué no si era un maestro en esto?– en el Lytton Strachey como biógrafo de Manning, que funciona para “JT” como clave de interpretación en este contrapunto. [También hay otro asunto que se ignora. Durante todo el siglo XIX, el catolicismo inglés estuvo enfrentado en una verdadera guerra “de baja intensidad”; Newman eligió un bando, y ese bando perdió dejándolo mal parado… y ¿sabe?, creo que fue bueno que ese bando perdiera. Pero ésa es otra historia.]

  3. Antes que nada, lo felicito por la entrevista que le hizo Tollers. Muy buena. No sabía que era sub-30, ¡lo felicito doblemente! y me deja una linda sensación esperanzadora. Todos los sub-30 que conozco son adolescentes… con plata (porque laburan pero no tienen obligaciones); la peor combinación.

    Esta “otra historia” es demasiado larga para una ventanita de comentarios. Voy a ser sintético, si puedo.

    La previa tómela de mi blog, “El proceso revolucionario inglés”. En 1745 se produce la última intentona de los Estuardos por recuperar el trono británico ocupado por los Hánover. Los “jacobitas” son derrotados y perseguidos durísimamente (y los católicos en general por concomitancia). En Inglaterra, las familias recusantes (viejos católicos) se unen en lo que será el Club Cisalpino y firman una declaración renunciando al jacobitismo y jurando lealtad “corporativa” al Rey hanoveriano. Como consecuencia de esto, comienzan a aflojarse las Leyes Penales en un proceso que seguirá hasta 1829, con la Emancipación. Sin embargo, cada tanto la turba se daba una vueltita por las iglesias y capillas católicas para quemarlas, a veces estos tumultos alcanzaban escala nacional como durante las Gordon Riots.

    Mientras tanto, se produce en Irlanda la famosa hambruna de la papa y 2/3 de la población irlandesa mueren o emigran, mientras el gobierno de Gladstone decide dejarlos librados a la buena de Dios. A diferencia de lo que se cree, el primer destino de emigración irlandesa no fueron los EE.UU., Australia, Canadá o la Argentina, sino Inglaterra. Millones de harapientos y hambrientos irlandeses católicos inundan Liverpool, Manchester, Sheffield, Londres… con su catolicismo tan particular e inundado de jansenismo.

    El tercer elemento de esta historia, después de los viejos católicos recusantes y de los irlandeses inmigrantes, son los conversos del anglicanismo procedentes del Movimiento de Oxford. Supongo que esta parte de la historia la conoce bien, así que no voy a aburrirlo con ella. En cualquier caso, hay un par de archivos en el blog de Jack Tollers donde se cuenta el asunto con bastante detalle.

    Y el cuarto y último factor es el verdadero “estallido” de órdenes y congregaciones misioneras-educadoras, italianas y francesas principalmente, que también parten con destino a Inglaterra puesto que Roma estaba convencida, a mediados del XIX, que se venía la conversión masiva de los ingleses y su regreso nacional al cuerpo de la Cristiandad. Pero que traen con ellas una espiritualidad y unas devociones que son completamente “extrañas”.

    En este contexto, los viejos católicos, especialmente las grandes familias recusantes (que no siempre habían sido tan fieles como la leyenda que de ellas se tenía y que ellas mismas se creían), querían dirigir el catolicismo inglés. Especialmente para no tener problemas políticos y económicos. Incluso se creían con una especie de derecho de patronato.

    Con notables excepciones que existieron, en general los antiguos recusantes despreciaron a los irlandeses y los abandonaron a su suerte (a veces, incluso, les negaron el acceso a sus capillas). Y ese “espacio” fue ocupado por las congregaciones europeas que se convirtieron en aliadas de esos católicos pobres.

    En este contexto, se produce el restablecimiento de la Jerarquía, con todos los problemas políticos que trajo y con la firmísima oposición de los viejos católicos. Estos perdieron sus privilegios y las capillas de las congregaciones se convirtieron en parroquias. Algo de esto cuenta Waugh en “Brideshead” aunque lo sitúa un siglo después.

    Mientras la Jerarquía se alineaba con los irlandeses y las congregaciones, los conversos anglicanos quedaban mal parados. En general mantenían buenas relaciones con los viejos católicos, muchos de los cuales los habían ayudado en su camino de conversión. Pero por otro lado, el alinearse con ellos poniéndose en contra a la Jerarquía no era una opción. En parte porque también habían sido ayudados por los ahora obispos de Inglaterra. A pesar de un par de metidas de pata en ese asunto (como en otros), lo cierto es que nadie les prestó tanto apoyo –aún antes de convertirse– que Wiseman.

    Y los conversos finalmente se fracturaron. Newman se quedó con “los laicos” (los recusantes) y Manning y la mayoría se alinearon con la Jerarquía, los irlandeses y las congregaciones. El asunto es que incluso en el bando que Newman eligió, muchos terminaron mal: algunos “regresaron” al anglicanismo (incluso hubo viejos católicos pasados al anglicanismo), la mayoría se hizo liberal en línea con Doellinger, Lamennais, los vétero-católicos o el modernismo. Y Newman quedó casi solo, especialmente después del Concilio Vaticano I.

    Por su parte, Manning se convertiría en el gran apóstol social (como se decía en esa época) que llegó a encandilar a Edward Chesterton, el padre de Gilbert, y que Belloc adoraba.

    De hecho, aunque no lo tengo 100% claro, creo que es mucho mayor la influencia de Manning sobre (G.K.) Chesterton, Belloc y toda esa generación de conversos de principios del s. XX, que la de Newman (del que G.K.C. se limita a reconocer sus dotes literarias). Recién con la generación siguiente, la de Dawson, Knox, etc. se comienza a recuperar a Newman.

    • El Viajante dijo:

      Muchas gracias por las felicitaciones por la entrevista, se lo digo sinceramente. De cualquier manera las loas tendrían que ir a Tollers por sus jodidísimas preguntas (el tipo es buenísimo en tal oficio) y, al mismo tiempo, su indulgencia para con las evasivas que no fueron pocas (y que quizás usted ha notado).

      Vengo de leer su blog, buscando lo que me indicó y le digo, sinceramente que, conjunto con el resumen apretado pero excelente de dos siglos de historia católico-inglesa que me pegó como comentario aquí, no solo me quedó claro su postura al respecto sino que me dieron unas ganas bárbaras de profundizar en ella!

      Un amigo tiene una posición similar a la suya respecto de Manning (aún sin meterse en el tumultuoso siglo XVIII) y me ha hecho pensar bastante sobre el tema en esa dirección. Con el fierrazo que pegó acerca de la “cuestión irlandesa” me dejó peor aún: tendré que ponerme a releer cosas al respecto porque me la perdí evidentemente. Si usted no es historiador de oficio le digo que tendría que serlo!

      Gracias de nuevo.

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