Romances

Lunes de noche:

Volviendo hace unos días, quizás el jueves o el viernes de la semana que pasó, vi desde una ventana desvencijada del querido Sanma, del tren diesel que me transporta diariamente, un crepusculo muy naranja y muy colorado.

Caía el sol a las seis de la tarde y yo, justito a la altura del descampado (no le vale el mote de “campo”) que prefigura el aeropuerto de El Palomar pude ver las casillas que aún se divisaban de las afueras de Hurlingham como “manchadas” por los colores crepusculares. Tamaña visión tendría que haber inspirado maravillosas líneas quizás – o una traducción pertinente – pero no, no escribí nada.

Hoy busqué algo para traducir de entre las obras de Chesterton, Lewis, Belloc, McNabb, Blake, Swinburne… y otros anglos que no se por que vuelvo a leer y releer. Hasta busqué entre “no poetas” y, como era de esperar, no encontré nada que me fuera satisfactorio así que pensé y me dí cuenta que de lo que tenía que escribir no eran libros, poesías, viajes en tren… y otras cosas al estilo, como acostumbro; lo que tenía que hacer era escribir sobre los romances españoles que vengo oyendo y leyendo (siempre uno lee) hace varios días gracias a la inspiración proveniente de un amigo recontra gallego. Aquí van unas líneas.

Como mucha literatura popular medieval y renacentista, los romances españoles pueden tratar sobre condes existentes e inexistentes (caso del Conde de Flores, que se fue a la guerra en Portugal, se hizo el sota y se quiso casar de nuevo, seguramente con una mina más linda, más morena, más portuguesa, pero justito cuando se estaba por consumar la poligamia, apareciose su verdadera esposa aguando la jarana y forzando al pícaro Conde Flores a volverse a Sevilla con ella), sobre otros que si registra la historia (Don Rodrigo, Arias Gonzalo, entre otros) y sobre… “cosas escabrosas”.

Las cosas escabrosas que se contaban, y que los niños oyeron por siglos hasta que sus abuelas dejaron de repetirlas por obra de la palitoorteguización (acción y efecto de estupidizar con canciones cachengues a la gente) no son exclusivas de España, ¡no!, sino que el orbe entero (o Europa al menos) la oyeron, repitieron, modificaron y oscurecieron aún más por siglos. No me voy a poner a hablar sobre los Hermanos Grimm, los Cuentos de Mamá Gansa, ni nada al estilo, eso quedará para los analistas (pienso en Tolkien por un lado, en Guénon por el otro), solo voy a pegar el texto, la letra, de un romance tremebundo, recontra jodido, sobre algo muy feo, inconcebible, antinatural.

Ya aparecerán los iconoclastas de siempre, los psicoanalistas ladris, los etnólogos berretas a explicar cosas; yo me quedo acá; esperando que el tren del miércoles me de otro crepúsculo naranja y colorado.

Romance de la Infanticida

“Más arribita de Burgos hay una pequeña aldea
donde vive un comerciante, que vende paños y sedas.
Tiene una mujer bonita, valía más que fuera fea —
tiene un hijo de cinco años, la cosa más parlotera.
Todo lo que pasa en casa, a su padre se lo cuenta;
su padre, por más quererlo, en las rodillas le sienta.
Ven aquí tú, hijo querido, ven aquí, mi dulce prenda,
quiero que todo me digas; en esta casa, ¿quién entra?
Padre de mi corazón, el alférez de esta aldea
que llega todos los días y con mi madre conversa.
Con mi madre come y bebe, con mi madre pone mesa,
con mi madre va a la cama, como si usted mismo fuera.
A mí me dan un ochavo pa jugar a la rayuela,
y yo, como picarzuelo, me escondo tras de la puerta.
Mi madre estaba mirando, y me dijo que me fuera:
Deja que venga tu padre, que te va a arrancar la lengua.
Mal le ha sentado al señor el que aquello se supiera,
después ha salido a un viaje de siete leguas y media.
Un día estando jugando con los niños de la escuela,
ha ido a buscarle su madre, a peinar su cabellera.
Ha cuarteado su cuerpo, le ha tirado en una artesa,
y el peinado que le ha hecho, fué cortarle la cabeza.
La coloca entre dos platos y al alférez se la entrega:
Señora, se les castiga, pero no de esa manera;
haberle dado cuatro azotes y haberle echado a la escuela.
Tras de tiempos llegan tiempos y el marido ya regresa.
Ella ha salido a buscarle, y le ha encontrado en la puerta.
Entra, maridito, entra, que te tengo una gran cena,
los sesitos de un cabrito, las agallas y la lengua.
¿Qué me importa a mí de eso? ¿Qué me importa de la cena?
Te pregunto por mi hijo que no ha salido a la puerta.
Entra maridito, entra, por tu hijo nada temas
que le dí pan esta tarde y se fue a casa de su abuela.
Como cosa de chiquillos está jugando con ella
se pusieron a cenar y oye una voz que le suena:
padre de mi corazón no coma usted de esa cena
que salió de sus entrañas y no es justo que a ellas vuelva.
Se a levantado el señor, la busca de su hijo empieza,
la encontrado cuarteado partidito en una arteza.
La agarrado de los pelos, barre la casa con ella
y después de golpearla a la autoridad la entrega.
Unos dicen que matarla, otros lo mismo con ella,
otros dicen que arrastrarla de la cola de una yegua”.

¡Tomá mate!

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