IV. 3. Morton y Belloc.

Domingo con alivio:

“Est enim amicitia nihil aliud nisi omnium divinarum humanarumque rerum cum benevolentia et caritate consensio”.


“Por otra parte, la amistad no es sino acuerdo, con benevolencia y caridad, en todos las cosas divinas y humanas.

Cicerón. “Laelius. De Amicitia”.

Ya sin los calores horrendos de la semana pasada, en la noche previa a mi próximo viaje en tren a Bella Vista escribo ésta entrega, la tercera, de la cuarta parte de En tren a Bella Vista.

Escribiré hoy sobre varias personas. Algunas con nombres y apellidos, otras, a propósito, sin ellos. Los amigos de Belloc, de quienes diré algunas cosas, tendrán sus señas particulares, mis amigos no tanto. Leí, mayormente, en el tren la memoria de J.B Morton sobre Hilaire Belloc. Memoria puesto que no es una biografía que incluye, como trabajo previo, una concienzuda recopilación de documentación, testimonios, datos, fuentes bah!. Ésta es una memoria autoría de Morton, un amigo de Hilaire Belloc.

El tema de las biografías es una cosa muy seria puesto que, en reglas generales, los biógrafos se dividen en dos categorías. La primera, la más noble sin duda, es la de quienes gustan de la obra del biografiado y, por ese motivo, se lanzan a la búsqueda del autor de sus textos favoritos (hablo de biografías de escritores, claro está), de sus poesías predilectas con la esperanza de encontrar datos cual pepitas de oro durante la investigación. Supongo que muchos de estos biógrafos, apasionados, han fracasado en su labor al encontrar las miserias del hombre a biografiar. Supongo que muchos no han soportado la vida del escritor y, con prudencia, evitaron seguir escudriñando para así salvar su aprecio por la obra. Algunos, finalmente, con o sin tristeza, con o sin pasión, terminan y publican. A ellos mis saludos cordiales.

La otra categoría corresponde a los biógrafos profesionales, a esos tipos que pueden escribir sobre Wagner, Carlyle, Florencio Sánchez, Olegario Andrade y Anatole France pero, si les garparan, también se despacharían con suculentas vidas de Mandela o Ghandi, Gabriela Sabattini, Pete Sampras, Perón, Balbín, Kichner o Mario das Neves. A ellos, a esos tipos que escriben esas biografías, mis repudios más sinceros, mi odio eterno y profundo. Muéranse.

J.B Morton es de una tercera categoría que, como es de esperar, incluye a poquísimos biógrafos. La de los amigos que escriben sobre amigos. Borges dice (y varios otros), que James Boswell tuvo por talento único la suerte de conocer y amistar con Johnson y que, por ser su amigo, y nada más que por eso, escribió una biografía que le valió el reconocimiento en la lista de los “escritores ingleses” (eso de la “literatura inglesa, cosa que según Chesterton no existe, merecería que alguien que sepa diga algo, yo no).

Quienes reducen a Boswell por los motivos ut supra no son más que una manga de imbéciles. Boswell biografió a su amigo, con amor de amigo, ese amor del que habla Lewis en el capítulo cuarto de “Los cuatro amores” (que nombré en algún posteo del año pasado) y que eleva al hombre. Quienes no tienen amigos no tienen con quien hablar ni de que hablar. Boswell, que tuvo uno al menos, tuvo con quien amicar, ése era Johnson, y, con su amigo, pensó, leyó, escribió, bebió (si es que bebían los muy ingleses estos) y, finalmente, terminó escribiendo una “Vida de Johnson”, su amigo. Quienes no tienen amigos, pensarán que se colgó de sus obras, que escribió porque “ese lo conoció vissssteee” y nada más, para robar, para hacer un manguito. A esos tipos no los quiero ni de camaradas, ni de compañeros ni de amigos.

J.B Morton está, como Boswell, en la categoría de los biógrafos amigos del biografiado y, por eso, su biografía, o semblanza, es tan buena pero, al mismo tiempo, tan llena de omisiones, de lagunas, de datos faltantes. Eso déjenselo a los biógrafos convencionales (a los buenos eh!, no a los que hacen libros que terminarán, indefectiblemente, en las mesadas de saldos). Morton omite cosas que ignora, que no averiguó, que no le interesaron, que no le significaron nada importante porque no hablaba de Hilaire Belloc sino de Hillary, como le decían sus amigos a Old Thunder (como también le decían sus amigos).

Yo, que a Dios gracias tengo amigos, llegué a sentir una profunda tristeza leyendo las últimas páginas del Belloc de Morton. Creo que al traductor le debe haber pasado lo mismo mientras trasladaba a nuestro castellano el inglés del desdichado biógrafo que terminó sus días en condiciones poco felices. Morton sufrió escribiéndolas, eso lo juro. Un amigo solamente sería capaz de decir que a Belloc no le quedaban ya amigos vivos (él era mucho más joven que el historiador franco-inglés) sin ruborizarse ni sentir envidia.

Estas cosas pensé la semana que leí el libro de Morton en tren a Bella Vista. Las primeras líneas las escribí un domingo, hoy es martes y mañana volveré a la Ciudad del Árbol para volverme, por menesteres que no vienen al caso en este blog, desde Muñiz. Leeré (creo) Decíamos Ayer… de Leonardo Castellani. Tapas coloradas y de cartón barato.

Hablando sobre estos temas, hace un tiempo ya, dije, en relación a esa amistad entre Chesterton y Belloc que han desaparecido los George Bernard Shaw (ver el posteo viejo, no tengo ganas de aclarar porque es tarde y hay que dormir) y me pregunté donde están los Belloc. Amigos sigue habiendo.

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