II. 3. En tren a Bella Vista: Treinta kilómetros

Ex Columbus. Dominica:


Dos trenes. Dos formas de llegar al mismo lugar. Dos personajes históricos, dos colores dominantes, dos trochas, dos energías de locomoción. Dos mundos, dos Bella Vista.

Contradictoria sería, sin duda alguna, la impresión que pudiera llevarse un observador poco sagaz si analizara sin atención ambos trenes y estaciones.

El San Martín es un tren con gustito a antaño, pero aderezado con algún vinagre hodierno y fétido. Por su lado, el Urquiza, colorado, eléctrico, con puertas automáticas, es un vinagre moderno pero eficiente.

Alguien, sin duda sabio, me indicó que más temprano que tarde vencería el San Martín diesel, impuntual y ruidoso. Me dijo que el Urquiza es un tren socialdemócrata. El Urquiza no tiene vida, está muerto (reconozco que, a veces, lo tomo).

En fin. Venció el San Martín con sus estaciones verdes y blancas. Triunfó el equeco de metal con sus mutantes colgando de los estribos y pululando entre los primeros vagones. Ganó la contienda el laberinto casi recto que me lleva desde Palermo hasta Bella Vista.

Estación Bella Vista triunfó sobre Agnetta. Lo civil desplazó a lo militar. La ciudad venció a la barraca.

El lado de la vía no interesa pues este/aquél lado de la vía es una categoría sociológica falsa de toda falsedad alimentada por los de este/aquél lado de la vía y punto. Sanseacabó. Falsarios.

Todo Bella Vista está en el San Martín.

Yo creía que un tren era para leer y el otro para la radio. Estaba equivocado. En uno hay vida, en el otro hay solo un tren silencioso herido de muerte por sus viajantes.

El martes me voy a tomar el San Martín a media mañana, cuando ya no hay rápidos y voy a parar en cada estación hasta la onceaba y final: Bella Vista. El martes voy a patear cascotes por una calle de tierra a propósito (no pude hacerlo la semana anterior) desviándome voluntariamente. El martes quizás lea de parado, caminando, por la calle a Kierkegaard consiguiendo, así, un tema para un futuro escrito de éste blog. El martes quizás lea una entrada en otro diario, el del pensador danés, acerca de Cordelia – su amada -.

Cordelia vivía lejos de las “luces del centro”. Kierkegor, si hubiese sido argentino, hubiera tomado el San Martín.

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