23. En tren a Bella Vista: vigésimo tercera entrega: Igual que la calandria que azota el vendaval

Viernes parcialmente nublado:


Después de algunos días de silencio imprudente escribo este posteo un viernes soleado, de mañana. Hoy no viajé a Bella Vista aunque las mañanas de viernes me encuentran alli, entre los arboles, semana a semana. Tengo merecido el descanso o eso al menos creo yo. Los motivos por los cuales no estoy allí no importan. Lo que si interesa es lo que me sucedió ayer: la razón de éste posteo.

A la tarde, después de las cuatro, caminé por Senador Morón bajo el sol bellavistense hacia la heladería. Me encontraría con un amigo un rato, ese amigo de las charlas eternas, de la única charla que iniciamos hace más de seis años y que felizmente continúa y espero continúe otros más, todos los que fueran. Ayer por la tarde caminé hacia la heladería a charlar con mi amigo y luego a tomar el rápido de las 6:15.

La charla  fue como era de esperar agradable y versó sobre diversos temas: Fernand Braudel y Jacques Lacán apropiándose de la Sorbonne en la década del cincuenta, la profundidad de cotillón de Heidegger y Derrida, el neohegelianismo inglés, Eduardo Duhalde.

Llegó la hora y caminamos la cuadra y media final hasta el andén donde mi amigo se despidió dejándome con otros dos, que estaban, al igual que yo, a la espera del rápido a Chacarita. Uno de ellos, de los dos, un amigo, se cruza conmigo en la estación cada viernes, ayer era, como sabrán, jueves.

Subimos al rápido sabiendo que estaban retrasados varios trenes, llegamos a Morris y nos enteramos que había dejado de ser diferencial y que el tren que nos llevaba había tornado hacia la vulgaridad del “para en todas”. No había alternativa alguna: el altavoz indicó la suspensión de los servicios veloces. Teníamos que seguir, against all odds, en el banco largo verde de ese vagón feo hasta nuestros destinos (Chacarita ellos, Palermo yo). Nunca llegamos.

Los muchachos de los piercings, gorras deportivas y camperones de la selección se multiplicaban metro a metro mientras nosotros tres charlábamos, vociferantes, sin saber que el tren abandonaría su marcha en Villa del Parque.

Llegó la oscuridad de la noche y el tren se detuvo cerca de un paso a nivel. Pasaron minutos y minutos. Incertidumbre. Bajamos del tren, no había más remedio, y caminamos hacia Beyró (sin saber que era Beyró) y luego por la avenida “para allá” (sin saber que era “allá”). Primero fueron un par de cientos de metros por el costado de la vía, en la oscuridad. Luego vino lo peor: calles desconocidas o vagamente recordadas de alguna tomada de colectivo azarosa y pretérita. No sabía donde estaba. Mis compañeros de ruta quizás si, solo quizás.

Caía la noche y las cuadras se continuaban una a otra en un barrio desconocido. El cansancio del día se hizo presente en mis rodillas (y quizás las de mis compañeros) y la necesidad de una silla, un baño y un trago se cristalizaba metro a metro…

Hospital lúgubre cruzando la calle, dos o tres pebetes y unos paquetitos de bay biscuits en un anaquel, banderín de Deportivo Español, vieja detras del mostrador y el partido de Argentinos Juniors en el veinte pulgadas desvencijado que colgaba de un soporte de caño estructural: un bar.

La decoración fabulosa cerraba el paquete (cuadro de una pagoda japonesa en tonos de dorado, plantas plásticas en el fondo y otras delicias). Un policía se peinaba en el baño.

Bebimos los tres una cerveza Quilmes y uno de mis compañeros engulló un pebete de jamón y queso. Yo no comí nada. El bolsito negro que contenía mi ajuar laboral y “Esa Horrible Fortaleza”, edición de Minotauro, de C.S Lewis me molestaba ya al hombro pudiendo entonces descansar, temporalmente, en una silla del bar que parecía milenario pero que no llegaba a quince años de fundado, como pudimos averigüar.

En el tren de ida tuve que adelantar trabajo. En el de vuelta, accidentadísimo, charlé con amigos. Cansado. Luego: el desastre ferroviario y cronológico, la caminata a contrapelo de la ciudad. Igual que la calandría que azota el vendaval.

Hoy no hablo de libros porque no leí ninguno. Hablo del tren, del tren que oscurece a cada estación, del tren que se para en Villa del Parque, del Ferrocarril General San Martín. De UGOFE.

Ayer me acordé, caminando por Bella Vista, de una copla gallega que reproduzco de memoria (mis disculpas si la pifio):

“San Antonio y su marrano

marchaban por un camino;

el cerdo le decía al santo:

Dame un traguito de vino”.

La esquina de mi casa estaba a la vista y pensé que después de todo lo pasado podía decir delante de mi puerta que de nuevo estoy de vuelta/ después de larga ausencia/ igual que la calandria que azota el vendaval”.

Siempre se traen recuerdos de fogones que invitan a matear.

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Una respuesta a 23. En tren a Bella Vista: vigésimo tercera entrega: Igual que la calandria que azota el vendaval

  1. Tomás dijo:

    Estas son calandrias y fogones:

    La Calandria. Para Aníbal Ford, testigo y enamorado de caminos.
    Por Wálter Cazenave

    El atardecer anunciaba una noche oscurísima. Parados a orillas del río Atuel el porteño y yo compartíamos el silencio mientras, un poco más allá,
    el conductor de la camioneta encendía un fuego para el asado.

    Aguzando el oído se escuchaba el rumor del agua por el cauce, mansa, tranquila.

    De pronto un canto hermoso rompió el crepúsculo y vimos la silueta grácil sobre unas ramitas, alejándose de a poco.

    –¿Qué pájaro es ése?—preguntó el porteño.

    –Una calandria—le dije– ¿Te acordás de la descripción que hace Hudson cuando descubre su canto…?

    Algo se acordaba, pero no sabía nada de las facultades imitativas del pajarito. Yo hice dos o tres silbidos torpes y al cabo de unos segundos, como si los hubiera asimilado, el eco volátil me los devolvió, mejorados. Silbé los compases de una o dos canciones infantiles y la calandria, juguetona, las repitió puntuales.

    El porteño empezaba a fascinarse.

    ¡Contesta –decía— contesta…!

    El mismo, mejor silbador que yo, ensayó un par de músicas que el ave repitió en lo elemental de la melodía.

    –A ver si es nacional y popular –me dijo— y ensayó las notas iniciales de la marchita. La oscuridad era ya casi absoluta. Como en los otros intentos la calandria se tomó su tiempo y al cabo de algunos segundos arrancó con “Los muchachos…” El porteño se quedó encantado.

    –Cuando lo cuente no me lo van a creer—decía.

    No quiso romper la magia del momento y dejó de silbar canciones. La calandria, por su parte, se llamó a silencio saludando el último vislumbre del sol. Empezamos a caminar hacia el fuego que crepitaba, tiñendo de reflejos el agua de la orilla. A lo lejos, muy lejos, se oyó un grito de tropa, o de saludo.

    El viento soplaba de la costa saladina.

    Wálter Cazenave, costas del Atuel y Santa Rosa, 1973.
    http://www.revistaalambre.com/Articulos/ArticuloMuestra.asp?Id=38

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