22. En tren a Bella Vista: vigésimo segunda entrega: Emprolijando

Miércoles:

Prometí en el posteo anterior ir mejorando la sintaxis porque me dio vergüenza la calidad en términos de redacción de algunas entregas anteriores. No pienso -al menos por ahora- corregirlos por lo que quedarán así, feos, a la vista de mis lectores. Reconozco que veintiún posteos fueron necesarios para darme cuenta de que no tiene nada de baladí el uso del castellano prolijamente.

Solicitadas las disculpas pertinentes, a lo propio: el número veintidós de éste blog.

La lectura del día en el tren fue “Así ocurrió la Reforma” de Mister Hilaire Belloc. Hace años que no toco este libro que agregué a mi biblioteca en el momento justo y que devoré a las horas de adquirido como si toda mi formación intelectual futura en la materia dependiera de él. El frenesí original concluyó con las últimas lineas y no retornó jamás. Hasta hoy. Hasta el día en que, por cuestiones ajenas a mi educación personal -diría, todo lo contrario, si pudiera invertirse literariter palabra por palabra de tal aseveración- cargué con el librito amarillento desde mis aposentos capitalinos hasta Bella Vista.

Belloc, como historiador, encarna la metodología que rechacé vehementemente por años: la hipótesis poderosa, fulminante y clara en las primeras páginas, y el desarrollo argumental durante todo el trabajo.

No hay en Belloc (en ninguna de sus obras históricas) “Estado de la Cuestión” erudito. No porque este magister en Historia ignore el oficio, sino porque rechaza los postulados alemanes que aún no habían abandonado la tradición positivista (ubíquese el lector en la primera mitad del siglo pasado) y porque, si se mira bien, también rechaza los franceses, prefigurados en Henri Pirenne y luego desarrollados in extenso por algunos exponentes de la escuela de Annales, a saber: Lucien Febvre y Fernand Braudel. A Marc Bloch lo dejo, en virtud de cierta reverencia y por sus obras mismas, fuera de la categoría de “franceses que rechaza el amigo Belloc”, franceses que construyen obras historiográficas a partir de la acumulación farragosa de citas, notas y otras citas.

Luego llegaron otros. Con sus citas y sus notas a cuestas se sirvieron del canon de aquellos a quienes rechazaban y produjeron obras esterilizadas y quizás, quien sabe, estériles al grito de “seamos serios”. Mister Belloc quedó allá lejos, en el recuerdo casi infantil de los nuevos rigoristas de la pluma historiográfica que vuelcan cada veinte páginas, pero que engalanan las diecinueve restantes con la estructura y el método en boga.

¿Como los bogas?

Asevero con furiosa vehemencia que Hilaire Belloc era inglés. Belloc, historiador ensayista, desplegó en sus obras -como la releída por mi en el Sanma rápido de las 07:15 – ese talento anglo para el ensayo, ese despliegue intelectual desde premisas claras que es de mi total envidia.

La Reforma, en Belloc, es el gran quiebre de la unidad europea. Esta afirmación tajante del amigo de Chesterton le significó, entre los lectores franceses (y los afrancesados o francesistas de nuestra patria argentina) no pocos detractores. No porque diga que “La Fe es Europa y Europa es la Fe”, sino porque, a la postre, verá en Napoleón una esperanza, política, para el retorno a esa unidad perdida a partir del incendio que inició un monje agustino alemán. Belloc no le tuvo miedo a la tesis sin “estado de la cuestión”, horror de los historiadores. Tampoco temió a las afirmación, desde lo político, de principios discutibles desde “el palo”. Su postulación y posterior presencia en el Parlamento hablan por si solos.

Habría que recuperar esa tranquilidad en las afirmaciones historiográficas para evitar la trampa de la pacatería intelectual que rige a los historiadores locales de “prestigio”. Habría que evitar, también, la mojigatería, el miedo por las afirmaciones “políticamente incorrectas”, so pena de ser tildado de berreta.

Ojo al piojo. En el tren, hacia Bella Vista, pienso en varios historiadores que han pateando las veredas bellavistenses, a ellos, a nosotros lo del tilde de berreta.

Todos queremos ser Belloc y escribir “Así Ocurrió la Reforma”. Todos queremos la pluma ensayísitica (yo particularmente, que aborrezco de los barroquismos locales que me empalagan como si me hubiera comido cuatro tortas “mil hoja”) del autor de “Europa y la Fe”. Eso si, todos tenemos miedo de escribir “Napoleón” y que nos tilden de no se que cosa. Aunque la creamos, aunque tengamos con que escribir o decir.

¿En Bella Vista como estarán las cosas?

Yo, que no le tengo simpatía al artillero corso, tengo unas ganas locas de escribir un “Napoleón”, ser tildado de heterodoxo y, acto seguido, saber que evité, al menos para mis adentros, ser un berreta.

Repito entonces eso que puse en el posteo anterior, o quizás el previo: parecen haber desaparecidos los George Bernard Shaw. ¿Donde están los Belloc?

Tengo unas cervezas y algún queso a disposición que ofrezco, si fuera menester, llevar en tren a Bella Vista.

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