12. En tren a Bella Vista: duodécima entrega: Into the Black

Hoy:

El día prometía ser tranquilo, ordinario, cuando llegué a Bella Vista a media mañana. El San Martín, poco poblado, me llevó sin contratiempos desde Palermo y me regaló algunos minutos de más. Tuve tiempo para caminar despacio, para mirar las hojas ya caídas de los árboles, y para conseguir que me permitan cruzar Senador Morón y Gaspar Campos sin arriesgarme a una muerte segura debajo de algún renault 19 u 11/14. Son lindas las mañanas bellavistenses si tienen sol y se pasan con tiempo. Hice lo debido, estuve “pa´la que sea menester” y enfilé, cuando las tres de la tarde estaban por llegar al reloj, a mi destino intermedio, a cumplir con un deber “nacional”.

Tenía treinta minutos para hacer unas quince cuadras y llegar a tiempo. Equivoqué el rumbo, preso de una recomendación telefónica más que erronea y, aún teniendo a mi buen sentido de la orientación gritándome que vuelva sobre mis pasos, seguí mi camino haciendo que la numeración de Entre Ríos aumente.

Mil, mil cien, mil cuatrocientos. Sucedió entonces. Un country en construcción se levantaba en el fondo de la calle y me indicaba que había pifiado el rumbo. Obreros (posiblemente extranjeros por lo que salía de sus parlantes) me dijeron que rodeé el country, que llegaría a destino. Cruel recomendación. Mi razón me indicaba que llegaría al Regatas y después, la villa de William Morris. Mis dos asesores, el telefónico primigenio y el extranjero segundo, insistieron en que continúe la marcha. Accedí, vencido, a caminar dos cuadras más. La morte. Estaba a casi veinte cuadras y era tarde. No llegaría a horario. No cumpliría con “el país”. Que desastre. El mundo paralizado y yo a la vera de la villa de Morris.

Para peores: el frío se había esfumado y la campera abrigada me estaba sofocando. Bella Vista me negaba su compasión a quince cuadras del andén. Estaba violando los límites: estaba entrando en Morris. Temí que se hiciera presente un praetor peregrinus bellavistense y descargue toda la fuerza de su imperium sobre mí. Había violado el poemerium al regresar desde William Morris, temí por integridad, pero me fue otorgada otra oportunidad. Caminé Entre Ríos sin problemas y, con una escala en la heladería de Avenida Francia. Llegué a destino y cumplimenté lo debido.

El Sanma de vuelta no significó inconveniente alguno. Un rápido esperado unos minutos bastó para mi regreso a Capital.

Hoy violenté los límites. O casi. Nada me sucedió: Bella Vista me perdonó como a un hijo recién adoptado que rompe un decorado del living.

No cayó sobre mí el peso del Senatus Consultum Ultimum. Creo haber sido perdonado.

Mañana volveré a Bella Vista y no violaré sus límites (aunque quizás, un día de estos, cruce Pardo).

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2 respuestas a 12. En tren a Bella Vista: duodécima entrega: Into the Black

  1. Adriana dijo:

    Me encantó el final … ¿Cruzarás Pardo?

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