3. En tren a Bella Vista tercera entrega: Leyendo en la oscuridad del San Martín

Día 12 o 13:

dibujo de chesterton

Hoy decidí no viajar en el Urquiza. Decisión estúpida si las hay si se considera que mi destino final bellavistense se ubica a pocas cuadras de Estación Agnetta (Puerta Cuatro para los amigos). La mañana de Senador Morón y Ricchieri me esperaría brumosa, fría y oscura, ya lo sabía, pero me tomé igual el San Martín.

Pensándolo bien, quizás no quise viajar hasta Lacroze en el infame colectivo 39 que serpentea Palermo, Belgrano y Chacarita o prefería no viajar tanto hacia la estación. Quizás me desperté con ganas de ver estaciones color verde, de subir a un tren diesel con la esperanza de que sea un rápido a Hurlingham (cosa que no sucedió) o porque empecé a considerar que el San Martín es un tren apto para leer.

La cuestión es la lectura. En el San Martín se puede leer seriamente, a conciencia, con gusto, feliz. El FF.CC Urquiza lo permité, claro está, y de hecho, por ser más cómodo, transportar menos humanidad, ser más silencioso, etc, tendría que ser el indicado para el noble título de “tren para leer”. Pero no, no se por que, leo más en el “Sanma”, a la vuelta, cuando las vías me alejan de Bella Vista.

Hoy decidí leer a la ida. Por eso tomé el San Martín. Ignoraba quizás el profundo motivo de mi elección hoy por la mañana, pero eso no importa.

El vagón al que me colgué una vez llegado el tren a “plataforma” (las comillas se usan a propósito, en una especie de cita o paráfrasis de la voz que emerge del parlante de estación Palermo) estaba completamente a oscuras y vacío. En Chacarita se subió un viejo con una remera raída (o eso supuse ante la penumbra que lo ocultaba) que rápidamente se cambió de vagón dejándome otra vez solo. Podría leer a Chesterton. Siendo las 6:42 A.M, podía leer a Chesterton en el San Martín: el vagón solitario y a oscuras me dejaría leer a Chesterton gracias a las tenues lucecitas que se filtraban por las ventanas. “La Guerra de los Dioses y los Demonios”, capítulo 7 de la segunda parte de “The Everlasting Man”. Texto que ya conozco, sin duda, pero que será crucial en mis próximos días bellavistenses: en mi destino final.

El San Martín me dejó leer a Chesterton. Lo considero como una autorización semiconciente de parte de un objeto móvil sin alma: el tren.

Llegué a Bella Vista. La bruma no es londinense, es del conurbano bonaerense. Lo supe inmediatamente; oler los panes de las parrillitas que vende la boliviana de la esquina delata la posición en el mapa. Quedaban solo 12 cuadras y ya. Moine no me permitió leer. Quizás, porque caminé “del otro/este lado de la vía”. Quien sabe…

El Viajante.

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