¿Por qué?

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“Los libros malos son un negocio muy lucrativo. Creería yo que, al menos en ciertos casos, es aún más lucrativo que los buenos”.

Yo

Hoy, fumando un cigarrillo y mirando hacia afuera por la ventana me pregunté por qué no escribo más (en este blog). No es esta la primera de las veces en las que me hago tal planteo; de vez en cuando miro con algo de nostalgia el blog y pienso en que podría volver a las andadas. Pero no.

Hace ya casi un año que no pongo nada aquí – y eso lo sé porque me tuve que fijar – y para ello hay un motivo. Como para todo.

La cosa, creo yo, es así: para escribir hay que tener ganas y las ganas dependen del contexto en el que el escritor (o escribiente pues un blog se “escribe sobre la marcha”) se encuentre. ¡Me definí como un escritor! ¡Descaro! ¡Oprobio! Pero si, si uno escribe cosas y las hace públicas – las publica – es un escritor y serlo no significa nada más que eso. La autopublicación, el blog y otros medios electrónicos (y económicos) permiten publicar cualquier cosa; desde “En Tren a Bella Vista” a “Cincuenta Sombras de Grey”; hijos ambos de las bondades de internet.

No escribí nada en todo este tiempo, entonces, porque no se me daba la gana. ¿Por qué eso? Porque los menesteres de la vida, la temática y calidad de los libros que leí en estos meses conspiran contra la faena (¡vamos! si este blog no es más que un “coso” donde pongo lo que se me canta en base a lo que leo).

Se me haría bastante difícil – sino imposible – escribir acá sobre los varios libros de economía que acumulé en mis lecturas del último año (nada más aburrido que la economía) , nada más alejado de lo que publiqué en los años de “En Tren a Bella Vista” y nada más pedorro para los lectores – pocos mas fieles – que entraban al blog a ver qué cosa se me había ocurrido tipear. No pienso reseñar textos sobre “preferencia temporal”, “free-riders”, “historia económica desde alguna escuela” o lo que fuera. Tampoco la pavada.

El tema no es tan simple porque, aún con el humor torcido para estos menesteres y la pila de textos que nada tienen que ver con este blog, me dediqué a leer unas cuantas tonterías porque ¡no jodamos! leer de corrido y en orden todas las novelas de John le Carré no es como para pavonearse ni para andar escribiendo reseñas.

En el fondo y no tanto, entonces, la verdad de verdades queridos lectores es que para que yo pueda mandarme algún articulito tengo que leer libros buenos y, así, esto caminaría. Discúlpenme – si acaso les interesa lo que pongo en este blog – por mis lecturas pedorras pero…¿qué se le va a hacer? ¿Leer libros buenos?

Quizás me dejo de ridiculeces y vuelvo a lo seguro. A mí, después de todo, me parece bien.

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Libros malos

Unmasked

“Professional reviewers read so many bad books in the course of duty that they get an unhealthy craving for arresting phrases”

Evelyn Waugh

Los libros malos son un negocio muy lucrativo. Creería yo que, al menos en ciertos casos, es aún más lucrativo que los buenos. Cuando hablo de “libros buenos” no me refiero, claramente, a esos textos “fundamentales”, de “buena línea” o lo que fuera. Hablo de libros buenos porque producen una experiencia placentera y punto. Si tengo que aclararlo lo haré alguna vez (o no).

Verso libre, novelitas eróticas, novelas larguísimas sobre nada, refritos, biografías de ilustres desconocidos – generalmente familiares del biógrafo -, libros de cuentos en los cuales el autor tiende, extrañamente a utilizar palabras como “mierda” o “puta” creyéndose inteligente y otras sandeces se multiplican hasta el ridículo y…producen dinero.

De cualquier manera no  creo que valga la pena dedicar demasiadas líneas a anhelos de señora gorda o de oficinista con aires intelectuales, por lo que apuntaré (porque hoy tengo ganas de apuntarle a alguien) a esos tipos que hacen cosas buenas y también malas. No me refiero, naturalmente, a esos escritores que pueden publicar “Los Papeles de Benjamín Benavides” y “Una Santa Maestrita”, ni al que escribió la vida de Alonso Quijano y una serie de novelas poco ejemplares. No. Me refiero a esos tipos que “tienen que escribir un libro porque son grosos y los intelectuales, dramaturgos, cineastas o lo que fuera “grosos” deben, como si sobre ellos pesara un destino cósmico, a publicar una novela “madura”, “seria” o el adjetivo que elijan los señores que hacen lo mismo que yo en este blog pero por dinero (a quienes envidio profundamente, claro está).

En reglas generales lo que termina sucediendo es siempre lo mismo; el tipo, digamos…un dramaturgo de éxito y calidad, se despacha con una novela sonsa que parece un spin off, de máxima o con un simple refrito, de mínima. Obviamente, como el lenguaje al que está acostumbrado es otro, su novela nacerá chueca, berretonga.

Imaginen que, a ver, digamos…el guionista y director de la serie británica Downton Abbey charlara con un hipotético agente literario. Digamos que es instado por el agente hipotético a escribir una novela, publicarla y llevarla a las mesas de novedades de las librerías porque se vendería como pan caliente y porque, después de todo…¡Es el autor de Downton Abbey!

Digamos que el tipo acepta y que, naturalmente, escribe una novela llena de nobles británicos, de gentries, de lugares con boiserie, y restaurantes con cartas en francés. Digamos también que el tipo leyó “Un puñado de polvo” de Evelyn Waugh y le pareció que si escribía sobre gente sin problemas económicos que comete infidelidades no estaba copiando nada. Digamos, además, que el tipo tiene la maníia de mutar las características del narrador y, también, jugar muy extrañamente con los verbos. Digamos que su novela, una vez terminada, es un cúmulo de lugares comunes, copias de sí mismo – y de otros- que despliega “todo lo que sucederá” en las primeras veinte páginas y que, al no tener otro contenido que haga del “plot” algo secundario, el libro caerá, indefectiblemente, en la categoría de “libros malos”.

Bueno, eso pensé después de terminar (en realidad a la mitad de libro) “Snobs” de Julian Fellowes. Si quieren leerlo léanlo, sino, mejor comprense una Manaos y bébanla, felices (o no) en el furgón de alguna formación del Ferrocarril General San Martín. Da igual.

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Volviendo de a poco

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“(…) not another fucking elf!”

Hugo Dyson

 

De entre mis escritores favoritos hay dos o tres que, sin duda, hubiera gustado en conocer. No necesariamente a los mejores, sino a esos que, por algún motivo  presente en su literatura –   y claro, en sus biografías – entiendo sería agradable conocer o haber conocido.

Borges es un buen ejemplo; o quizás no, quizás preferiría conocer al Cura Leonardo que, por otra parte, me da algo de miedo considerando su fama en lo que a relaciones sociales respecta. Pensándolo bien diría que si, que mejor hubiera sido poder conocerlo nomás.

Una fija es Chesterton. Me pasé un buen tiempo hablando de lo que G.K hablaba, de cómo lo hablaba, de cuando lo hablaba, casi como si hubiera presenciado alguna disputa con George B. Shaw o hubiera pasado la botella entre él, Gilbert y ¿por qué no? Belloc. Belloc, por sí solo, me hubiera dado algo de miedo, me hubiera inhibido -creo – pero, si se piensa bien – y se hace caso a Reginald, su yerno, y a Morton, su amigo – debe haber sido un tipo súper simpático.

En fin, la cosa es que ese tipo que sin dudas querría haber conocido, si el tiempo y el espacio lo permitieran, es C.S Lewis. Jack.

Le digo aquí Jack, como en tantísimas otras oportunidades porque él así lo prefería (odiaba sus dos odiosos nombres. Clive y Staples) y porque así le decían sus amigos y, considerando que todo esto gira en torno a esos tipos que hubiera querido conocer y que el primero de ellos – sino acaso el único realmente – es él, es más que lógico que me refiera al Profesor Clive S. Lewis como Jack. No me apuren porque le agrego tres letras y lo transformo en Jacksie, el nombre de su finado perro de la infancia del cual heredó el apodo.

Lewis era parecido a Jack Tollers. Tenía muchos amigos en los que producía un efecto muy particular. Jack era una especie de imán y por eso se conversaba de los temas que él proponía, se bebía lo que él bebía (en realidad se bebía lo que hubiera), se fumaba lo que él fumaba (otra verdad a medias, porque Lewis fumaba lo que venga, pipas, cigarrillos…en fin).  Además, y esto no es poca cosa, se hacía tiempo para sus amigos; para todos, y si venían en grupo, muchísimo mejor.

Esto es quizás el motivo de su distanciamiento con Tolkien pues ¿quién se puede creer eso de que Ronald Tolkien, un católico inglés, acostumbrado a que sus amigos y colegas fueran anglicanos, presbiterianos, ateos, agnósticos o lo que fuera, súbitamente comience a preocuparse por las primeras nupcias de una señora norteamericana con la que Jack habría de casarse? Williams – a quién no quería mucho que digamos – y Dyson (que si le agradaba) creían en cosas medio raras y nadie les dijo nada o, al menos, nadie se distanció por ello. La tolerancia de J.R.R para con “los de afuera” no es comparable con su intolerancia hacia las innovaciones lamentables de su propia Iglesia. Y Lewis, su mejor amigo, en esto fue siempre de “los de afuera”.

Me hubiera gustado conocer a Jack Lewis y poder conversar con él de… lo que Jack Lewis hubiera querido en ese momento. Da igual porque hubiera sido algo fabuloso sin dudas y porque, naturalmente, está muerto y lo estaba varios años antes de mi nacimiento.

Uno tiempo atrás, en un aeropuerto, me dieron ganas de fumar. Quizás tuve ganas  o quizás, ante la inminente prohibición de fumar que pesaría sobre mí una vez cruzado el prembarque y que duraría unas cuantas horas, salí a meterme, rápido y sin gusto, unas bocanadas de nicotina.

Crucé las dos puertas automáticas y salí. Afuera,  junto a un cenicero muy grande y muy feo de aluminio vi a un tipo de barba blanca estilo Van Dycke  y gorra náutica negra. Tenía una polera oscura y una campera de invierno. Me le acerqué, con el Gitanes Blondes en la mano y lo saludé

– Hello, are you Douglas Gresham?

– Yes indeed, that´s my name. And you are…?

Le dije mi nombre,  me sonreí , le di la mano cordialmente y me fui.

El hijo adoptivo de Jack Lewis caminó hasta la parada de taxis y yo volví a entrar. Me compré un paquete de chicles de menta y me tomé un avión.

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Traduciéndome

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Del barrio “La Mondiola sos el más rana/y te llaman Garufa por lo bacán/tenés más pretensiones que bataclana que hubiera hecho suceso con un gotán (…)”

Garufa. Juan Antonio Collazo

No viene al caso donde ni cuando, pero si el qué.

Me pidieron, hace unos días, un artículo corto para ser publicado en una revista que toca -en reglas generales – los temas que yo toco en este blog. Naturalmente me alegré ante tamaña posibilidad -el director de la misma es un “personaje reconocido”- pero, y luego de ojear lo escrito aquí en estos últimos tres años y pico, se me vino todo abajo.

Refritar un artículo de “En tren a Bella Vista” no sería posible pues escribo argentinamente y tal nota en mi pluma imposibilita, a priori, una traducción fácil al inglés, lengua de la revista de marras.

Escribir argentinamente no es simplemente la utilización del voceo y de ciertos modismos del Plata. Si así fuera sería tan fácil todo…¡amalaya! No, escribir a lo argentino es construir las frases de un modo particular, barbárico a veces, jugando con las voces, con la correlación de los adjetivos, con adverbios extraños en modos extrañísimos y en lugares aún más raros. Los argentinos, en tal tesitura, si escribiéramos en latín, haríamos crema el hipérbaton casi inmediatamente…o por lo menos yo.

Lo de la argentinidad literaria lo discutimos largamente, y en varias oportunidades, con un amigo. ¿Se puede escribir en “argentino”? ¿Puede iniciarse una novela con el diálogo ” – ¿Qué andás haciendo che? – dijo Pedrito mientras se rascaba la oreja derecha”, ¿suena muy estúpido un argentino obviando el voceo? ¿sería una uruguayización del uso nacional de la lengua? ¿Cómo hacía Borges? ¿Jack Tollers suda sangre cuando traduce a Castellani al inglés? ¿Tenía razón Ciorán? ¿El Rumano es una lengua antiliteraria porque no la lee nadie? ¿Los argentinos estamos para escribir tangos y zambas? ¿Es una grasada la utilización de diminutivos como “zambita”? y muchas otras cosas.

Yo creo que se puede escribir en argentino (eso hago, de hecho) pero creo también que resulta complicado para un lector extranjero. Imagínese, querido lector, a Ud mismo, sentado en su sillón de preferencia leyendo una novela. Digamos que la novela fue escrita por Graham Greene y que uno de los personajes exclama, en un momento dado, al ver una cosa cualquiera -¡Recórcholis!

Peor si el texto habla de neveras, aparcamientos, sostenes, edredones, cobijas, gilipollas o prometidas. ¿No le daría un poco de cosa? ¿Acaso puede Ud. decirme que jamás le sucedió? ¿No son un asco últimamente las traducciones que nos importan de otros países a la triste República Argentina que, otrora, vio fantásticas ediciones locales de la literatura universal traducida alla maniera de nohotro´?

Esa sensación, creo yo, tendría un lector que dedique un rato a cualquier cosa salida de la más bien berreta pluma que Ud. está leyendo en estos instantes.

Mi conclusión, a todo esto, aunque muy precaria y con beneficio de inventario, es que el traductor al inglés de lo escrito en argentinísimo castellano, debe ser, y esto como condición sine qua non, argentino y, además, conocer al dedillo la lengua a la cual se vuelca lo escrito originalmente. Además será menester que no contento con conocer argentinismos y la lengua de destino, el traductor maneje los ismos, el slang, de dicha lengua segunda. Imposible, sin esa nota, llevar un texto argento al, digamos, inglés.

Seguramente castellanohablantes de otros lares podrán indicar lo mismo acerca de sus propios modos de la lengua. Yo qué se.

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Novelas

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 “There is no such thing as a moral or an immoral book. Books are well written, or badly written. That is all.”

“No existe tal cosa como un libro moral o inmoral. Los libros son bien escritos o mal escritos. Eso es todo”.

Oscar Wilde. The Picture of Dorian Grey

Hace dos días escuché una entrevista, por internet, a un escritor argentino – que no viene al caso – que habló de diversos temas intentando que la estupidez del entrevistador no determinara tanto la calidad de la charla. El preguntador, ignorante hasta lo insoportable, se despachó con unas cuantas cuestiones de clara factura previa y por lo tanto descontextualizadas con el objetivo de “hacer hablar” al escritor entrevistado. Este último, vadeando las estupideces de su contraparte, indicó que, para él, escribir novelas no era una tarea fundada en la inspiración sino en un arduo trabajo posterior a ese momento único, o raro al menos, de visita de la musa. Para el escritor argentino en cuestión escribir novelas es algo así como escribir un artículo historiográfico con el agregado de una inspiración inicial que motivó el trabajo posterior.

Me quedé pensando en ello un tiempo y concluí -yo, que no escribo novelas – que estaba en lo cierto pues pretender una especie de inspiración permanente desde la primera letra al punto final de una obra extensa – una novela- es tan absurdo como creer que Dios dictó la Biblia. Habrá algunas excepciones, es posible, pero no las conozco. Solo puedo pensar ahora en Los Pichiciegos de Fogwill que fue escrita de un tirón -según indica el mito urbano acerca de la obra – después de que el autor se bajara una línea de cocaína y leyera una nota sobre las Malvinas. Como no conozco – ni quiero – los mundos de las drogas no podría hablar sobre la efectividad de tal sistema pero si puedo inferir, en mi módica experiencia, que si se baja Ud. una botella de whisky no escribirá jamás Retorno a Brideshead ni Crimen y Castigo. Puede que consiga unas líneas – y un poco de acidez -, puede que logre un capítulo quizás, pero jamás una novela completa.

Ahora bien, la inspiración inicial de la que hablaba ese escritor argentino es otro cantar pues si puede ser fruto del rapto de la musa – o de un whisky -. Lo complicado, creo yo, es no engañarse y considerar cualquier idea como un necesario fruto de un presunto rapto poético pues, si así fuera, el conocimiento de la morfosintáxis de cualquier idioma y, digamos, la ocurrencia de que dos fulanos se comen un pollo al verdeo en un restaurant de Villa Crespo mientras discuten sobre el teorema de la incompletitud, el ateismo de Bertrand Russell y la importancia de volver al uso de cospeles en el subterráneo de Buenos Aires, son suficientes para transformarse en un novelista de fuste. Digo de fuste pues escribir cualquier cosa “más o menos amena” no es difícil, lo complicado es hacer algo “más o menos ameno” y que, además, sea bueno, que son dos cosas diferentes.

Este tipo, el entrevistado, escribió, al menos en mi poco autorizada opinión, dos novelas buenas y unas cuantas más bien chuscas. Todas, eso sí, muy bien redactadas y, se nota, muy trabajadas.

Escribir sobre cualquier cosa de forma periódica en un blog – y que sea lo escrito mínimamente digno- es, entonces, como escribir novelas y, como ya dije, no soy un escritor de novelas.

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¿Qué le pasó a Sherlock Holmes?

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Of all ghosts the ghosts of our old loves are the worst.

De todos los fantasmas, los fantasmas de nuestros viejos amores son los peores.

Arthur C. Doyle

Con su pipa de brezo (la calabash famosa, la de las ilustraciones y películas no aparece en ningún cuento ni novela de la saga) desapareció Holmes varias veces. Primeramente, porque Arthur C. Doyle se cansó del personaje y de la fama producto de sus historias. En segunda instancia, una vez resucitado – por presión de los mismos fanáticos -, la muerte del autor puso fin a las aventuras urbanas del detective más famoso (si, el más famoso. No me vengan con Hércules Poirot o con el Padre Brown, con perdón de Chesterton).

No es una cuestión secundaria el tema de la fama del autor y el horror que le produjo – o hastío – la celebridad de su obra y, por carácter transitivo, la suya propia pues el mundo literario de fin del siglo XIX y comienzos del XX no era el actual. No había montones de billetes, promociones, viajes, revistas especializadas bien pagas y todo eso que hoy si existe. Por otra parte se podía vivir de las letras pues, aunque el dinero a distribuir no era tanto, las manos de los autores, y los ojos de los lectores, eran muchas, muchísimas más que las que se pueden contar hoy en día. De hecho la Inglaterra de Holmes y de Doyle era muy “literaria”, al borde de lo estúpido, pero literaria al fin. Llena de señoritas con libros de bajo presupuesto bajo el brazo y de escritores nóveles con ganas de transformarse en el próximo Dickens…y todo esto me lleva a Dickens.

Charles Dickens fue el primero, el algún sentido, en darle forma a la idea general del escritor moderno. Luchó por la aplicación de leyes de propiedad intelectual (la famosa 11.723 de nuestros pagos), promocionó sus obras en salones y teatros y hasta hizo lecturas de sus obras – resumidas – para el gran público que pagaba unos pocos pesos para verlo en en las tablas y escucharlo leer. ¡Una especie de  audiolibro decimonónico!

La cosa es que no escribías un libro de fantasía y te llenabas de dinero ni pagaba tan bien la novela blanca, los libros eróticos para viejas que hoy se venden como pan caliente en todas versiones (tapa dura, tapa blanda, ebook, etc); como Fifty Shades of Grey y sus émulos.

¿Qué le pasó a Mr. Holmes? se murió con el autor, como era de esperar y como debía suceder. Pero…¿qué sucedió con el Holmes de los libros, el que si fue escrito y publicado y que leí de chico y no abandoné más? Las memorias – ficticias naturalmente – de Watson me ilustraron acerca de los mormones y sobre los reyes de Bohemia (que no existen más, ni los reyes ni Bohemia). Me contó, Watson, sobre fumaderos de opio, embarcaderos, calles, avenidas y otras tantas cosas del Londres finisecular que Stevenson había dejado en el tintero y que hicieron de puente con la ciudad de Chesterton. ¿Donde está Holmes?

Holmes se transformó en un personaje oscuro de una serie de bajo presupuesto norteamericana y, con mis años ya, logra escandalizarme. Antes, cuando chico, no me movía un pelo que el detective se pique morfina o cocaína una vez por semana…porque era otra cosa. Si, otra cosa, guste o no a los censores de lo antiguo; exaltadores de lo moderno.

Holmes no podría revivir pues Doyle ha muerto. Pero Holmes tampoco podría revivir porque el Londres, la Inglaterra, el Occidente y el Mundo en el que “vivió” no existen más. Ni ficcionales ni reales, nada existe ya.

Todo esto pensaba, desordenadamente como estas líneas, ayer a la madrugada cuando cerré “Escándalo en Bohemia” pensando en que, de niño, Irene Adler, la némesis femenina del detective, no había llamado mi atención. Hoy se que me acordaré de la mujer que venció a Sherlock Holmes…que ya no existe más.

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El Milenio y el calefón

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“Discutir sobre religión es una cosa que ya no me gusta. Hace como 30 años que no discuto –ni siquiera con los “censores” de mis obras-.Cuando era joven era un gran discutidor.

Es cosa inútil. Al que pone objeciones religiosas, ordinariamente hay que recomendarle leer un buen “Catecismo de Perseverancia”. Ordinariamente habla de lo que no sabe. Si tiene interés en saber, se tomará esa pequeña molestia; si no tiene interés, habla por hablar y entonces la discusión es inútil y aun peligrosa.

A los que vienen a uno en un barco o en un tren con el “Vea Reverendo, ¿como me responde Ud. a esto?”, no hay que darles la solución, sino acrecentarles la objeción, urgirla mucho más todavía, que vea que uno la sabe y aun la “siente” tanto como él, o más. Es decir, hay que agudizarle (o crearle si acaso) el hambre de saber; porque si esa hambre no existe, darle la solución es perder tiempo”

“Ni  con elocuencia, ni con dialéctica”. Leonardo Castellani

Hoy, de mañana, tuve una tediosa conversación (digámosle así, conversación) acerca del Agustinismo Político. Exposición, explicación, ejemplos, diagramas mentales en pizarra. Apatía absoluta. Eso que me llevó al querido  (ex) Ferrocarril General San Martín otrora, me hizo hoy hablar casi una hora sin parar sobre la Ciudad de Dios, sobre la doctrina católica acerca del Pecado Original y sobre la Gracia, sus implicancias políticas, etc, para contraponerla a las versiones varias del protestantismo que desde Lutero hasta Calvino se configuraron más o menos coherentemente (no dije “veraz“, dije coherentemente) en torno a la concepción fatalista que sostienen acerca de la naturaleza humana.

Del otro lado, en mi (o mis) interlocutores la nada misma. Caras de nada en la mayoría, y rostros babeantes en una minoría que no hay que olvidar pero que, curiosamente, contrastaban los ojos agrandados y brillosos de un rubiecito prolijo, de pelo corto y pantalones iguales, exactamente iguales en marca y modelo a los que yo llevaba hoy, que mostraba un interés notorio y que, más que menos, discutía mis posiciones.

¡La Biblia no dice eso! ¿De donde saca eso del Pecado Original? ¿El capítulo primero del Génesis dice tal cosa pero el capítulo segundo dice tal otra ¡Eso lo inventaron en el siglo tal!  y así.

Más allá de hacerme la contra, mi interlocutor se expresó con educación y coherencia – aunque tendré que decir, con una mezcla de citas mal hechas y otras de mejor factura, reminiscencias de libros positivistas del siglo XIX bastante berretas y alguna que otra fruslería pero, en reglas generales y no tan generales, una de cada dos cosas proferidas por el rubiecito eran coherentes.

El tema se acabó más temprano de lo que debía y, acompañado por algún oidor curioso, la charla viró a temas más escabrosos y, en versito, sabrosos.

– ¿Por qué cita en latín, si la Biblia está escrita en arameo?

– Porque si, porque no se arameo y a gatas entiendo el latín de San Jerónimo, y porque no está escrita en arameo señor rubiecito; hebreo, arameo y griego dirá Ud. y, para el caso que nos trae, hebreo y punto.

– Por eso, por eso- espetó el petiso rubio y discutidor.

– ¿Ud. sabe lo que es el milenarismo? Yo soy milenarista. Es algo así  como, esteeem, que Cristo va a reinar sobre la tierra mil años. Está en el Apocalipsis, capítulo nosequé – y se agarró del cinturón en un ademán de triunfo intelectual.

– Veinte rubiecito, capítulo veinte. El Reino Milenario. ¿De donde sacaste eso? – pregunté con la curiosidad en alza y con perplejidad manifiesta antes de que el rubio prolijito comenzara su perorata plagada de errores y sanatas pero, mayormente, interesante.

Él habló de “un pastor anglicano”, “una señora yankee”, el Dr. Nosecuanto, la Biblia aquí, allá y acullá, Nicea, los papas, y otras tantas cosas. Yo, por mi parte, me despaché con Castellani, Lacunza, Soloviev, Newman, Benson y los de siempre, no sin meter, de refilón, alguna referencia al cura Orlandis que leí hace relativamente poco.

El rubión, interesado pero insistente en su discurso algo inconexo que parecía ser aprendido pero no aprehendido se interesó, levemente, en los citados pero, supuse yo, le dio algo de cosa que, sin contar al ruso barbudo, todos hayan sido sacerdotes católicos. Estaba algo a la defensiva y lo noté rápidamente por lo que, ni lerdo ni perezoso, insistí en mi fárrago de citas acerca del Milenio.

La perla, lo que hizo abrir aún más los ojos al rubiecito de pelo corto, fue hablar de un libro que un cura chileno escribió y que fue editado por el hermano de Belgrano en Inglaterra. Un libro que fue resumido por un pastor anglicano y publicado con el título resumido de The Coming of the Messiah: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad del padre Manuel Lacunza (ex) S.J.  Jaque.

– Lacunza rescató para la Iglesia, como dice Castellani, ciertas visiones en torno al tema que habían sido apropiadas, por abandono católico, por los protestantes. Eso tiene un gran valor – Dije con cara triunfal de erudito berreta esperando vencer definitivamente la neutralidad de mi inconexo interlocutor. Jaque.

-Pero…¿y los adventistas? ¡Los Adventistas dicen eso! – Saliendo del jaque.

-Si, ¿y qué? El Espíritu sopla donde quiere. Es un tema complejo que no sé si se puede charlar así nomás como estamos hablando ahora, pero la confusión al respecto estuvo presente, aún, en obras católicas como la de Monseñor Benson. ¿Te dije que era un ex-anglicano converso no? – Me sonreí. Jaque.

El rubiecito trastabilló, dudó mucho, espetó un montón de eeeems y, finalmente, cuando yo esperaba el triunfo final, mi mate después de tantos jaques, me revoleó su manotazo final.

– ¿Eso que dice Ud. lo estudiamos en mi iglesia. La Iglesia Evangélica Profética (sic). Uds. los católicos no estudian estos temas y yo, en clase de religión, no aprendí nada de nada- Eludió  mi jugada y me dejó en jaque.

-Bueno, bueno…¡Bueno! Se acabó el tiempo pero si querés podemos juntarnos a hablar de esto en otro momento- Dije algo abatido.

Me fui caminando con mi portafolios marrón hinchado de libros, lapiceras, hojas sin reglones y la computadora pensando en el rubio de los ojos grandes; el único que mostró interés, con reservas, a mi perorata sobre San Agustín y la Ciudad de Dios. Pensé, y mucho, acerca del muchacho de pelo cortito interesado en las Cosas y no en las “cosas”. En el tipo ese que citaba mal pero apasionadamente, que sostenía argumentos más bien bombásticos pero de valía (poca, pero alguna al menos). En el tipo que pertenecía a una organización, a una denominación protestante de tal berretada que su nombre merecería ser pensado por un guionista de comedias italianas de los setentas.

Antes de perderme en la calle y en los autos pensé de nuevo. “Iglesia Evangélica Profética” ¡puf!, “no me enseñaron nada en clase de Religión” ¡puf!, “Uds. los católicos no estudian…” ¡puf!…

Jaque mate.

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